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Dimensión de los espíritus


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En este mundo de los espíritus no podría haber cuestión de dimensión, puesto que están fuera del espacio, del tiempo, y de la propia eternidad. Han sido, son y serán siempre, eternos, permanentes como el mismo Dios, de algún modo son también llamados los espíritus de Dios, que nosotros sólo conocemos con el nombre genérico de ángeles.

Para penetrar en el conocimiento de los ángeles, motivo de este libro, necesitamos una buena metafísica del espíritu. Las Sagradas Escrituras poco o nada nos dicen de estos espíritus celestes, y nos dicen que son espíritus puros.

Los llama con ocasión de las misiones que cumplen en este mundo "mensajeros". Llegan de improviso, sin que podamos comprender por qué los vemos aparecer en un caso y no en otro semejante. Desaparecen sin que tengamos noticia alguna sobre sus pensamientos, pero es indudable su presencia tanto en el mundo físico como en el espiritual.

Al ser "espíritus", significa que son incorpóreos, y por tanto invisibles para nosotros aunque en determinadas circunstancias se pueden aparecer en forma humana.

Estos espíritus invisibles, incorpóreos, de naturaleza inmaterial juegan un importante papel cósmico en este universo celeste, y sus desplazamientos es un continuo peregrinar por los interespacios.

Walt Witman, poeta estadounidense, cercano a la prosa recuerda a los versículos bíblicos, y en una obra sobre el cosmos, llama a los ángeles "soplo divino de Dios", y narra con alegorías y metáforas de gran belleza estilista, que "este soplo divino", "se posaba sobre las plantas de las praderas, y ahuyentaba los entornos de su casa de Arizona de los coyotes nocturnos". En una palabra, "ángeles en acción" en tierras americanas.

Pero, esta sublime alegoría que hace el poeta americano no nos debe extrañar, ya que para el vidente de Patmos, los ángeles gobiernan habitualmente el fuego, las aguas y los vientos, tormentas y huracanes, pero ello no nos obliga a ver en el "soplo de un huracán" a un espíritu puro.

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