El mundo invisible de los espíritus
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Vivimos en un mundo rodeado de espíritus cuya trascendencia es constante, pero más allá de las constelaciones y de las estrellas, existe un universo celeste cuyos habitantes son los espíritus puros, es decir los ángeles.
En nuestros tiempos, en que lo religioso no impera, nos desconcierta la existencia y la acción de los ángeles si no poseemos de un modo suficiente el sentido de lo que es un espíritu, y precisamente si éste tiene categoría celestial, y por tanto se trata de ángeles.
Estos espíritus puros son innumerables. Las Escrituras lo repiten muchas veces, en varias ocasiones hacen referencia a esta característica esencial de la pureza de estos espíritus, llamados ángeles, desde el Deuteronomio, que los llama "las santas miríadas", hasta el Apocalipsis que evoca a las "multitudes reunidas alrededor del trono".
Tal es la existencia de estos espíritus invisibles celestiales, que los filósofos griegos Platón y Aristóteles, todo lo concebían en función del cosmos.
El uno requería una substancia separada de la materia para ser la idea de cada naturaleza; el otro no la necesitaba, pues colocaba a las ideas en las cosas mismas, pero creía en inteligencias que empujaban para hacerlas girar a las esferas celestes concéntricas a la tierra, una por esfera, lo que constituía un número muy pequeño.
Con Santo Tomás el clima es muy distinto. Ya que el esplendor de Dios que alumbra este universo infinito, es la razón de la existencia y de la naturaleza de los ángeles; también nos da razón de su número que es inagotable. Así deben ser tanto más numerosos por cuanto son más sublimes.
Y en la misma medida en que son superiores en belleza a las criaturas visibles, deben ser también superiores en número.