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Las bienaventuranzas, el rostro de Jesús

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino cielos; bienaventurados...» (Mt 5,3-12; Le 6,20-23).

 

¿De qué felicidad se habla en las bienaventuranzas? La felicidad (de las bienaventuranzas) es un estado de plenitud de vida, de paz, de gozo, de seguridad (ausencia de temores), de libertad interior («para vivir en libertad Cristo nos liberó»...), que se da en las personas que viven el estilo de las] bienaventuranzas y en las cuales Dios reina. Las bienaventuranzas, el reino de Dios y los valores evangélicos vienen a ser una misma cosa. Las bienaventuranzas no agotan todos los valores del Reino...

A veces decimos de una persona que tiene estos u otros rasgos que le caracterizan. Al rostro humano —moral— y espiritual de Jesús le salían los rasgo propios de la vivencia de las bienaventuranzas.

Jesús vivió radicalmente las bienaventuranzas que proclamó:

Bienaventurados los pobres: «El Hijo del nombre no tiene donde reclinar I su cabeza»... (Mt 8,20).

Bienaventurados los limpios: «¿Quién me argüirá de pecado?»... (Jn 8,46).

Según Mateo, son nueve las bienaventuranzas y están proclamadas en lo alto del monte. Según Lucas son cuatro, y están proclamadas en el rellano. El catecismo señala ocho bienaventuranzas.

Bienaventurado es igual a dichoso, reliz.

No encierran las bienaventuranzas el ideal de felicidad que por naturaleza todo nombre siente y desea, sino la felicidad que viene por la gracia y el don de Dios.

Son como la «carta magna» de la re y la felicidad cristiana. Son el programa básico de vida cristiana. Son camino seguro hacia la felicidad.

El Antiguo Testamento tenía un ideal de felicidad y bendición de Dios: tener hijos, larga vida, abundancia de trigo y mosto, no tener enfermedad o defecto físico... Dios, que es amigo de la vida, no puede aguantar que, además de ser pobres o estar enfermos, sean olvidados por El; por ello proclama una doctrina y un mensaje revolucionario de felicidad para los pobres, los que lloran, etc. Dice Jesús: «Yo ríe venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).

El corazón vacío de riquezas y apegos terrenos, y muy lleno de Dios, acarrea al nombre la mayor felicidad posible ya en este mundo, y es camino seguro para la vida bienaventurada del cielo.

El sermón de la montaña

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William Hole

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