Cristo nos libera de todo mal
«Sino líbranos del mal» (Mt 6,13).
Al final del padrenuestro se pide globalmente a Dios que nos libre del mal, de todo mal. Y el primer mal del que le pedimos a Dios que nos libere es el de caer en la tentación de abandonar el seguimiento de Cristo. El vivir sin Cristo —cosa que tanto temía san Pablo— es el mal por antonomasia. Nos pone en el precipicio de todos los males. Con Cristo, en cambio, podemos vencer los tres grandes males que se dan en la vida del nombre.
¿Cuáles son esos males?
Primero: el mal del pecado. El pecado grave nos hace perder la vida divina que se nos regaló en el bautismo; además de perder, por el pecado, la filiación divina, la amistad con Dios y otros bienes..., nos deja como muertos en el espíritu y en el camino del bien. Jesús vence el mal del pecado, destruyéndolo con el perdón y la misericordia. Este ministerio de vida y salvación lo continúa Cristo en su Iglesia especialmente con el sacramento de la reconciliación.
Segundo: el mal del dolor y el sufrimiento. No es malo del todo el dolor. Lo que es definitiva y radicalmente malo es sufrir sin Cristo o incluso enfrentados a Dios llegando a pedirle cuentas a Dios mismo de por qué permite (pudiendo cortarlo) ese o aquel sufrimiento en mi vida. El sufrimiento sin Cristo es un terrible «absurdo» y cerrado «misterio». Cristo vence e ilumina el sufrimiento si lo vivimos unidos a El. De desvalor para los no creyentes, Cristo lo convierte en un valor con su vida, muerte y resurrección. Con sufrimientos pasajeros ganaré un inmenso peso de gloria, dice san Pablo. Mas, como cristianos, hemos de emplear todas nuestras fuerzas por aminorar e incluso erradicar todo sufrimiento vencible, sobre todo el del otro.
Canta Ana Belén: «Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente,/ que la reseca muerte no me encuentre vacía y sola/ sin haber hecho lo suficiente».
Tercero: el mal de la muerte. Por naturaleza somos finitos y mortales. «Por temor a la muerte —dice la Escritura— muchos pasan la vida acongojados». Mas, inyectados por la fe en la resurrección de Cristo, participamos de su vida eterna resucitada. Dice el prefacio de difuntos: «La vida de los que en ti creemos no termina, se transforma...».
El salvador
José Rivera
Museo del Prado (Madrid)