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Curación del ciego Bartimeo

«Llegaron a Jericó. Y cuando salía de la ciudad, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: "Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí...". Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: "¿Qué quieres que te naga?". El ciego le respondió: "Maestro, que vea". Jesús le dijo: "Vete, tu re te na salvado". Al instante recobró la vista, y le seguía por el camino» (Mc 10,46-52; Le 18,35-43).

 

El camino de la fe comienza con el reconocimiento de la ceguera (pobreza propia), que le lleva a la súplica y culmina con el seguimiento de Jesucristo.

La fe tiene en su haber la posibilidad de nacer una súplica incansable, súplica que atrae siempre la misericordia divina y su acción eficaz.

La re del ciego Bartimeo nos enseña la sencillez en exponer lo que necesitamos. «¿Qué quieres que te haga?», le preguntó Jesús. El ciego le respondió: «Maestro, que vea».

La fe nos enseña que hemos vivido, o vivimos aún, en el mundo como ciegos, tullidos, paralíticos, leprosos... y que el Señor nos cura y nos libera de todos los males. El reconocimiento de nuestro mal y la oración constante nos traen la liberación de todo pecado y nos ponen en el buen camino para seguir a Jesús.

Mírate reflejado en el ciego Bartimeo: está fuera del camino, sin conocer a nadie, inmovilizado si no lo ayudan. Dependiente y necesitado en todo. En lo espiritual todos somos ese cúmulo de pobrezas... y más. Como el ciego al borde del camino.

Si nos parecemos a él en la realidad espiritual, imitémosle también en su súplica ardiente, verdadero grito del alma que no quiere desaprovechar aquella ocasión.

«Cristo se detuvo». Como Jesús, detente ante la pobreza, la ceguera, la tristeza de cualquier nombre... No pases como turista ante el hermano dolorido.

El ciego Bartimeo

El ciego Bartimeo

Evangeliario según san Mateo (manuscrito)

Biblioteca Nacional (Madrid)

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