La dieta del Dr. Dukan

 

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El cielo

«No amontonéis riquezas en la tierra, donde la polilla y la herrumbre las corroen, donde los ladrones roban. Amontonad más bien riquezas en el cielo, donde ni polilla...» (Mt 6,19-21).

 

¿Cómo hablar del cielo, si el cielo es Dios, y Dios nos sobrepasa en su infinito misterio? La posesión de Dios, en la visión beatífica, hará la felicidad de los bienaventurados. Si san Pablo, que fue arrebatado al tercer cielo (2Cor 12,2), nos dijo que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni pensamiento humano puede imaginar lo que Dios ha preparado para los que le aman» (1Cor 2,9), ¿qué podré decir yo en mis oscuridades respecto al cielo, que consiste en la visión de Dios?

El Apocalipsis nos habla de la nueva Jerusalén que descendía del cielo... radiante con la gloria de Dios. No habrá noche, ni tendrá necesidad de lámpara, ni de luz de sol, porque el Señor Dios la alumbrará, y reinará por los siglos de los siglos... (Ap 21,10ss).

La re y la caridad desarrollan en el interior del creyente una tendencia poderosa hacia la felicidad de la vida eterna del cielo. Y esto se expresa en la insatisfacción que le producen las cosas de la vida terrena, o en la ardiente y secreta aspiración hacia una vida eterna llena de felicidad. San Agustín lo dice en frase lapidaria: «Nos hiciste, Señor, para ti, y está inquieto nuestro corazón hasta que no descanse en ti». El deseo del cielo aparece intensísimo en san Pablo (Rom 8,19.23-26); nos invita a aspirar a las cosas del cielo, no a las de la tierra (cf FIp 1,2-3).

El deseo del cielo se da habitualmente en las figuras señeras de la espiritualidad. Hubo un tiempo en que en la Iglesia se hacía «el ejercicio de la buena muerte». Los benedictinos hacían el «ejercicio de Jerusalén (el cielo)» como recuerdo y renovación permanente de la esperanza del cielo.

Y en los grandes místicos, como san Juan de la Cruz o santa Teresa de Jesús, es frecuente este deseo intenso del cielo: «Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero». San Ignacio de Loyola decía: «¡Qué rea me parece la tierra cuando miro al cielo!».

Las dotes de los bienaventurados del cielo, según la teología, son: claridad, agilidad, sutileza e impasibilidad, que expresan una vida altísima.

Mientras vivimos aquí somos desterrados y peregrinos con una ardiente nostalgia de la patria del cielo.


Trono donde reposa la vida misma

Trono donde reposa la vida misma

Monasterio de Benedictinas de la Natividad de N. S. J. (Madrid)

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