El pan de cada día
«Nuestro pan de cada día dánoslo hoy» (Mt 6,ll).
Nos hemos ocupado de Dios mismo al haber estado buscando, en nuestras tres primeras peticiones, la gloria y los intereses propios de Dios: la excelencia de su nombre, su reino y su santa voluntad.
De pronto hay como un cambio de horizonte, y Jesús nos lleva a pedir algo tan elemental como el pan (alimento, vestido, vivienda...). Llevamos con nosotros, a la vez que el don, el lastre de un cuerpo terreno («la carne no sirve de nada»...), que necesita el pan de la tierra. El pan es símbolo de todos los dones que nos llegan de Dios, como dice el precioso texto del libro del Éxodo (23,25).
Si Dios es «nuestro» Padre, bien podemos llamar y pedir «pan nuestro» a todo lo que es de Dios y que sus hijos necesitamos. No podemos decir, por lo tanto, el pan «mío».
Al decir «Danos el pan para hoy», estamos anunciando un nuevo encuentro con Dios para el siguiente día.
Decimos dánosle «hoy» porque, como los pobres (cosa que somos nosotros ante Dios en toda su radicalidad), no extendemos las manos para conseguir abundantes riquezas o tesoros, sino que pedimos para comer en el día presente. Los discípulos, si quieren ser perfectos, han de imitar a Jesús, que no tenía nada propio. Han de poner toda su confianza en el Padre que alimenta a diario a las avecillas de los cielos: «No llevéis pan ni alforja...» (Mc 6,8).
Los santos Padres también han visto en este «pan» el alimento celestial de la eucaristía; sin comerlo no se puede uno mantener unido a Dios: «Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).
Dios, que es Padre del hombre en todas sus dimensiones, nos ha proporcionado el pan del cuerpo y el pan que da vida a nuestro espíritu: su palabra y todos los sacramentos, especialmente el de la eucaristía.
Nadie come debidamente el pan de la palabra y el pan de la eucaristía, si no comparte su propio pan según pide la justicia y la fraternidad.
San Pablo ermitaño con san Antonio
Diego Velázquez
Museo del Prado (Madrid)