El sembrador
«Les habló muchas cosas en parábolas: "Salió el sembrador a sembrar. Y al sembrar, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se los comieron... Otros cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos ciento, otros sesenta, otros treinta. El que tenga oídos, que oiga..."» (Mt 13,3-23; Mc 4,l-20; Lc 8,4-15).
¿ Por qué las parábolas en general no llevan su correspondiente explicación? Los escritores evangelistas ocultaron las explicaciones que Jesús hacía en secreto y aparte a sus apóstoles, porque el significado profundo y espiritual que encerraban superaba en su misteriosa riqueza lo que no se podía expresar adecuadamente con el lenguaje escrito. Lo dejan al entendimiento profundo que tienen las almas sencillas y puras a las que Dios se revela.
Dice que «el sembrador salió a sembrar». ¿De dónde salió? Del seno del Padre («mi Padre es el labrador»), que siembra su Palabra entre los nombres. Sembró cerca del camino, en la delgada tierra que estaba sobre la piedra, entre zarzas, en tierra buena. Nos está indicando que Cristo siembra su Palabra en los pecadores y en los justos, en los tibios y fervorosos, en los de corazón duro y en los de corazón blando... Así la Iglesia, aunque tema que gran parte de la semilla no llegue a dar el fruto esperado, debe sembrar y sembrar siempre.
Los agricultores pueden coger hasta diez y quince veces más de lo sembrado. Jesús, en cambio, habla de una siembra y fruto espiritual que da la tierra buena, y que puede llegar a ser del treinta, el sesenta o el ciento por cien en el corazón bien dispuesto. Los frutos y riquezas espirituales con nada se pueden comparar.
«Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará aun lo que tiene» (Mt 13,12). ¿Qué quiere decir esto? Esto significa que el que acoge la palabra de Dios con re ardiente aumentará su fruto y conocimiento; y el que la acoge tibio y vacilante, terminará por quedarse sin nada.
Ahora que tenemos tiempo propicio, cambiemos nuestro corazón duro, dejemos de lado la ambición, las riquezas y los placeres para convertirnos en tierra buena que pueda dar el ciento por uno.
Parábola del sembrador
Abel Grimmer
Museo del Prado (Madrid)