La comunión en el amor
«Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).
Difícilmente se puede madurar sin vivir la fe comunitariamente; por ejemplo: entroncado en una parroquia, en un grupo de vivencia cristiana, en una orden religiosa, etc. No puede suceder lo que me decía una persona en cierta ocasión: «Yo me entiendo bien con Dios, pero me entiendo muy mal con el prójimo».
Dios, en cambio, se identifica, se nace presente en aquellos que viven intentando tener «un solo corazón y una sola alma» con el prójimo.
Dios se nace presente cuando uno se deja crucificar por el amor; esto es, cuando crucifica su amor propio, sus celos, sus envidias, sus instintos primarios y sus sentimientos egoístas por no destruir la comunión.
La aceptación oblativa y generosa de los que viven en relación con nosotros y tienen ideologías distintas, caracteres distintos e incluso son personas difíciles y que nos nacen sufrir, es lo que nos nace madurar más rápidamente, pues conlleva el vivir la cruz en el aspecto doloroso de una relación difícil con el hermano. Abre tus ojos y mírate a ti mismo y lo que pasa a tu alrededor...
El amor abarca:
• La corrección fraterna. Esta implica corregir al hermano que peca, e igualmente dejarse corregir. La verdadera corrección fraterna, necesaria para la buena marcha de la comunidad y para evitar el posible escándalo, ha de ser no para «echar en cara» y humillar, sino para corregir con amor, sin sacar «trapos sucios» en la comunidad, sin nacer juicios gratuitos de intenciones. Sólo el amor, la disculpa y el perdón fraternal logran los buenos frutos de la corrección fraterna. Pero, ¡ojo!, ¿estamos bien dispuestos para ser corregidos y aceptar con humildad y agradecimiento la corrección propia cuando nos la hagan?
• El perdón incondicionado a semejanza del perdón de Dios. Jesús nos dijo que había que perdonar setenta veces siete —y nos lo expresó gráficamente en la parábola del siervo sin entrañas—. En ella estamos retratados nosotros, que recibimos generosísimamente el perdón de Dios y luego somos infinitamente tacaños a la hora de dar nuestro perdón. Siempre nuestro referente ha de ser la actuación de Dios con nosotros.

La comunión en el amor
Frontis del sagrario-arqueta
Monasterio de las Benedictinas de la Natividad (Madrid)