La tentación
« No nos dejes caer en la tentación» (Mt 6,12).
Unas veces aparece como prueba inducida por Dios para que el bomba pueda mostrarle su fidelidad. Mas nadie puede pensar que Dios tienta: «Cuando uno es tentado, no diga que Dios lo tienta» (Sant 1,13).
Otras veces se presenta como una seducción que nos sugieren la tentación, los malos deseos y fantasías. ¿Hasta qué punto el diablo tienta al nombre para apartarle de Dios? En todo caso, el diablo nunca tienta más de lo que Dios le permite. Dice san Pedro que «el diablo, como un león rugiendo, ronda buscando a quien devorar». Pero Dios no permite que seamos tentados por encima de nuestras tuerzas.
La tentación, como cabeza de dragón, está escondida en nosotros con la permanente posibilidad de dar el zarpazo del pecado, movida por estímulos internos o externos (frecuentemente por los dos). La concupiscencia, con sus innatas tendencias de egocentrismo, del placer carnal en libertinaje, del deseo agobiante de riquezas, del deslumbramiento del poder (ser más que el vecino, ser más que nadie), del deseo del placer a toda costa y de la buida de todo sufrimiento posible, sitúan al hombre en el resbaladero de la tentación. Sarx, en griego, no sólo significa las tentaciones carnales, sino todo lo que en el hombre se opone frontalmente a Dios. La tentación nos lleva, si caemos en ella, a sustituir a Dios por otros diosecillos. Pero la peor tentación será la que nos indujera a abandonar radicalmente el seguimiento de Cristo.
Así, son tentados los hombres a servirse de los demás, no a servirles, especialmente sin son pobres. La irreligiosidad, el laxismo en las costumbres, el hedonismo y rechazo de todo valor que implique sacrificio, el deslumbramiento de la técnica son tentaciones muy de nuestro tiempo... La peor tentación es la que viene disfrazada de virtud.
Necesitamos siempre, para vencer, la ayuda de la gracia de Dios, el rememorar continuamente las promesas del bautismo, la oración permanente solicitando de Dios que no nos deje caer en la tentación, una formación correcta, una vida de trabajo y de sobriedad y fijarnos en el modelo supremo de vencimiento de toda tentación, Jesús.

Babilonia - Iglesia con el pueblo orando
Juan Colombre
Biblioteca del monasterio de El Escorial (Madrid)