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La luz del mundo y la sal de la tierra

Jesús: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). «Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo» (Jn 9,5). El cristiano: «Vosotros sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13-14).


En el judaísmo y en el Antiguo Testamento, decir luz equivalía a expresar la ley y la sabiduría. Ambas eran verdadera luz y guía del nombre. Jesús, al decir «Yo soy la luz del mundo», está proclamando que él es la sabiduría de Dios y la nueva ley evangélica. Jesús, como enseña el Vaticano II, ilumina los grandes misterios de la existencia humana (de dónde venimos y adonde vamos, el misterio cerrado del dolor, el pecado, la misma muerte). Jesús, al ser luz de los nombres, se convierte en guía de salvación: «Para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte» (Le 1,79). La luz, como Cristo, es lo único visible por sí mismo.
La ausencia de Cristo, única luz de los nombres, deja al mundo y a cada hombre en las más densas tinieblas, quedando a merced del poder terrible del pecado.
Jesús subió a los cielos, y con dos bellas metáforas o parábolas (la luz y la sal) nos recuerda nuestra misión de ser luz y sal de la tierra.
La luz. El cristiano, por el hecho de serlo, se convierte en luz para los demás hombres. Refleja la luz original que es Cristo. Así como la luz eléctrica ha de estar conectada a la central que la genera, así el cristiano ha de estar unido a Cristo por la re y las obras, para ser luz de los hermanos que caminan muchas veces en tinieblas: «El pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).
La sal. Cuando la sal, que tiene la misión de dar sabor y conservar la comida, pierde ese poder y virtualidad, no sirve para nada. Si el cristiano no sirve para conservar en sus hermanos la vida de Cristo y las buenas costumbres, na perdido el rumbo. Su misión se ha desvirtuado. La sal es eficaz cuando se diluye su ser y desaparece como tal objeto sólido. Así el cristiano, cuando se olvida de su «yo», entregándose a los demás, entonces la vida es fructífera.

 

El Salvador bendiciendo
El Salvador bendiciendo

Joos van Cleve

Museo del Prado (Madrid)

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