María y la profecía de Simeón
«Simeón... dijo a María, su madre: "Este está puesto para que muchos en Israel caigan o se levanten, y para ser señal de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones "» (Le 2,34-35).
José y María fueron con Jesús al templo de Jerusalén para cumplir lo que mandaba la ley de Moisés. Conforme al Éxodo (13,2.12-13), el primogénito pertenecía al Señor y tenía que ser rescatado por una ofrenda del padre; y según el Levítico (12,28), cuarenta días después del nacimiento, la madre tenía que presentarse con su hijo en el templo para hacer un ritual de purificación. Así lo hizo aquella santa familia. Simeón y Ana los recibieron en el templo como representantes del pueblo de Israel. Simeón, movido por el Espíritu Santo, profetizó diciendo a María: «Y a ti misma una espada te atravesara el alma».
El arte ha representado el dolor, los siete dolores de María, con una o con siete espadas atravesando su corazón.
A María se le anuncia una profecía directa, hecha en un lenguaje duro e hiriente, bajo el símbolo de la espada que, ya desde entonces, quedó clavada en el corazón de aquella joven y delicada madre. Se le anunciaba que su hijo sería incomprendido y perseguido por muchos, para luego terminar en una cruz como varón de dolores. Es lógico que el Cristo sufriente y crucificado tuviera una madre amorosa, doliente y compasiva. El gozo que María tenía por el niño nacido en Belén se le cambió en intenso y continuo dolor por todo lo que ella sabía que le esperaba a su hijo. «¡Mirad y ved si hay dolor como el mío!», dice la liturgia.
Mira a María, la madre sufriente de los siete dolores, y pídele a la Señora saber vivir en paz y confiado con el dolor de la vida diaria.

La Dolorosa
José Camarón Boronat
Museo del Prado (Madrid)