Padre nuestro del cielo
«Vosotros orad así: Padre nuestro...» (Mt 6,9).
En el Antiguo Testamento hay una docena de pasajes en que a Dios se le llama Padre. En el Nuevo Testamento, y sólo en los evangelios, se usa el nombre Padre 170 veces.
Es inimaginable, verdaderamente asombroso, que el hombre se dirija a Dios —tres veces santo, creador de mundos y misterio de grandeza— llamándole Padre. Para ser padre hay que entregar algo de sí al hijo. Dios nos ha hecho —por la gracia— partícipes de la naturaleza divina convirtiéndonos así en hijos adoptivos. Decimos «adoptivos» para distinguir nuestra filiación de la filiación divina y sustancial de su hijo Jesucristo.
Era necesario que Jesús nos diera permiso, nos lo enseñara y mandara para que nosotros nos atreviéramos a llamar a Dios con esta palabra tan íntima y entrañable de Padre. Dice el Talmud (recopilación hecha antes de Cristo, de tradiciones sobre la Biblia) que cuando un infante prueba el gusto del cereal (esto es, cuando lo destetan), aprende a decir las palabras abba e imma (papá y mamá). Así, con estas palabras se dirigía Jesús a su Padre celestial. Dios ya no es el todopoderoso sino el todocariñoso, todoamoroso... Para que tengamos plena confianza en El. El primer mandamiento no es: Adorarás al Señor tu Dios, sino «amarás» a Dios sobre todas las cosas.
Dice san Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1Jn 3,1).
Esta es la gran revelación de Jesucristo a los hombres. Jesús se pasó toda la vida enseñándonos con palabras, parábolas, hechos... que tenemos un Padre queridísimo en los cielos. «A nadie llaméis Padre en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo» (Mt 23,9)-
Descubrir a Dios como Padre nos compromete a servir a los hombres como hermanos.
Dios nos ha regalado lo que somos y tenemos. Dios es Padre por ser creador. Pero el don más grande que nos hace Dios Padre es que comparte a su Hijo único con nosotros.
Vive tu vida para comunicar a los hombres esta grande y buena noticia: que tenemos un Padre tan amoroso y cuidadoso que «basta los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados» (cf Mt 10,30).

La creación de Adán
Francisco Bayeu
Museo del Prado (Madrid)