El catálogo de los papas
La más antigua de las listas de obispos romanos llegadas hasta nosotros se encuentra en Ireneo (Haer. III, 3). Dice así:
«Después que los santos apóstoles (Pedro y Pablo) hubieron fundado y constituido la Iglesia, pasaron a Lino el oficio del episcopado.»
Éste es aquel Lino que menciona Pablo en su epístola a Timoteo. Le sucedió Anacleto y tras éste recibió el oficio episcopal, en tercer lugar después de los apóstoles, Clemente, quien (aún) había conocido personalmente a los apóstoles... A este Clemente siguió Evaristo, a Evaristo Alejandro; luego, el sexto después de los apóstoles, fue erigido Sixto, después de éste, Telesforo, quien prestó un espléndido testimonio (fue mártir). Siguió luego Higinio, luego Pío, tras de éste, Aniceto. Después que Aniceto fue sucedido por Sotero, ocupa hoy la dignidad de obispo, en duodécimo lugar después de los apóstoles, Eleuterio.»
Esta lista abarca un espacio de unos cien años, lo cual no es demasiado para la fiel transmisión de una simple sucesión de nombres. Parece, además, que Ireneo no fue el primero en establecer la lista. Los incisos «el tercero», «el sexto» hacen pensar en los recursos mnemotécnicos de una transmisión oral, y sabemos por otra parte que Hegesipo, antes aún que Ireneo, había redactado un catálogo de los obispos romanos, que no ha llegado hasta nosotros. Nadie duda, empero, de la exactitud de la relación de Ireneo.
El catálogo reaparece sucesivamente en los escritores cristianos a partir del siglo III, con las correspondientes adiciones. Al pasar de uno a otro se cometen errores, omisiones, trasposiciones y corrupciones de nombres, faltas todas muy fáciles de corregir. Así, en los manuscritos, Hyginus aparece a veces con el nombre de Egenus o Eugenius, luego Zephyrinus se transforma en Severinus, Fabianus se desfigura en Fabius o Flavianus. El raro nombre de Anencletus dio lugar a gran número de corrupciones, hasta el punto que algunos escritores posteriores lo desdoblaron en dos personas distintas, un Cletus y un Anacletus. Pero todas estas dificultades son de poca monta.
Tenemos, pues, una lista fidedigna de los primeros papas. Mas para nosotros no es más que eso, un catálogo de nombres, no una crónica papal. Una cronología en la que podamos confiar no empieza hasta el año de la muerte del papa Ceferino (217); para la época anterior no poseemos más que algunos puntos de apoyo.
Lino y Anacleto no son para nosotros más que nombres. De Clemente poseemos la larga misiva a la comunidad de Corinto. Los clérigos de Corinto habían expulsado a su obispo Fortunato, que probablemente había sido aun designado por el propio apóstol san Pablo. Fortunato se dirigió al obispo de Roma, y Clemente envió a dos presbíteros romanos para reponer a Fortunato y restablecer el orden en Corinto. Los tres siguientes, Evaristo, Alejandro y Sixto I, vuelven a ser simples nombres para nosotros. De Telesforo sabemos sólo por Ireneo que sufrió el martirio. Es el primer martirio de un papa del que tenemos noticia. Debió
de ocurrir bajo Adriano (117-138). De Higinio, Pío I y Aniceto sabemos que bajo sus pontificados ocurrieron en Roma polémicas con herejes gnósticos. Aniceto fue aquel papa a quien vino a ver el obispo de Esmirna, el anciano discípulo de los apóstoles Policarpo, para tratar con él sobre la celebración de la fiesta de pascua. Era el caso que los ritos observados por las comunidades del Asia Menor discrepaban de los usuales en las demás iglesias, sobre todo en la romana. De Sotero sabemos por azar que obsequió a la comunidad de Corinto con un generoso donativo en dinero. Eleuterio fue el papa a quien consultó Ireneo cuando fue mandado por la comunidad de Lyon para tratar acerca de los montanistas. Nuestras noticias no empiezan a fluir con alguna mayor abundancia hasta llegar al sucesor de Eleuterio, Víctor.
Es curioso que entre estos papas haya tantos con un nombre griego. Ello ha hecho pensar a algunos, que la Iglesia de Roma vino a ser durante largo tiempo una especie de colonia extranjera griega. Sin embargo, basta echar una ojeada a la epigrafía urbana de Roma para ver que los nombres griegos eran en aquel tiempo extraordinariamente frecuentes, sobre todo entre los esclavos y libertos. Algunos nombres de papas, como Evaristo, Aniceto y, en el siglo III, Antero, pueden incluso considerarse como típicos nombres de esclavos. Del papa Pío sabemos, además, por otras fuentes, que era un liberto, a pesar de ser latino su nombre, y lo mismo puede decirse del papa Calixto. Ello no tiene por qué extrañarnos demasiado. No hay que imaginar a un liberto romano como una especie de criado retirado. Precisamente los libertos constituían la clase más activa y ambiciosa de la población, en cuyas manos estaba una gran parte del comercio y de la industria. En la sátira romana el liberto viene a representar el papel de nuestro nuevo rico. No es que esto tenga algo que ver con la condición de los papas, pero sí nos facilita un indicio para saber en qué círculos sociales debemos ante todo buscar a los cristianos de entonces: no tanto en la antigua nobleza romana y en la aristocracia de funcionarios, como en la clase media que se afanaba por imponerse.
Volver al índice