Cornelio
Cuando fue elegido Cornelio, a primeros del 251, la persecución había prácticamente terminado. Pero inmediatamente después de su elección se produjo un cisma. El presbítero Novaciano, un notable escritor del que se ha conservado un libro sobre la Trinidad, se hizo también consagrar obispo y se levantó con la pretensión de fundar una Iglesia reformada. El punto en que hacía particular hincapié era que los que en las persecuciones habían dado muestras de flaqueza, los llamados lapsos (lapsi = caídos) o apóstatas, fueran excluidos para siempre de la comunidad eclesiástica.
El problema de los lapsos había provocado dificultades en muchos lugares. Su número era demasiado grande, para que pudiera ser de otro modo. Varios obispos, entre ellos el de Antioquía, temían que si se absolvía a todos con el único requisito de someterse a la penitencia en la forma tradicional, se crearía un funesto precedente para el caso de que se repitieran las persecuciones. En Cartago concurría, además, una circunstancia especial. En la práctica penitencial de entonces era habitual que el pecador solicitara al obispo que le designara abogados; ello constituía una especie de rito, por el que se daba expresión a la humildad que embargaba el ánimo del penitente.
Para esta función de abogados o intercesores de los lapsos eran elegidos, con preferencia, confesores, o sea cristianos que en las persecuciones habían sufrido por su fe. Pues bien, en Cartago había un grupo de confesores que, muy orgullosos de la firmeza demostrada, no distinguían ya entre intercesión y absolución, y readmitían por sí mismos a los lapsos a la comunión, sin tener para ello poderes del obispo. El abuso llegó a tal extremo, que el obispo san Cipriano tuvo que excomulgar a algunos de este grupo, causantes también de otras perturbaciones, y entre ellos estaba el clérigo Novato. Novato organizó un cisma y se puso en relación con Novaciano en Roma; no deja de ser extraña la unión de los dos cismáticos, puesto que en la cuestión penitencial cada uno de ellos defendía principios totalmente opuestos, y en lo único que coincidían era en la desobediencia a sus respectivos obispos.
Los obispos Cornelio de Roma, Cipriano de Cartago y Dionisio de Alejandría se esforzaron, por medio de numerosas cartas, varias de las cuales se han conservado, a informar de la situación a los restantes obispos, en especial a Fabio de Antioquía, que al principio había adoptado una actitud vacilante. Sus esfuerzos tuvieron éxito y el movimiento cismático fue atajado. De todos modos, la pequeña secta de los novacianos se perpetuó hasta el siglo V.
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