La dieta del Dr. Dukan

 

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División en jurisdicciones locales

 

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Al principio los apóstoles regían conjuntamente la comunidad. Ni siquiera en los lugares fuera de Jerusalén donde había cristianos aislados o grupos de ellos, oímos hablar de prepósitos locales. Cuando en Samaria se formó un grupo relativamente importante, gracias a la labor del diácono Felipe, Pedro y Juan se trasladan allí personalmente. Luego, al llegar de Antioquía la noticia de las numerosas conversiones llevadas a efecto en aquel lugar, ya no van allí los apóstoles en persona, sino que envían a Bernabé con plenos poderes. En aquella lejana ciudad, Bernabé actúa con plena independencia y hace venir de Tarso a Pablo, pero no se le puede considerar como un jefe local, sino que trabaja siempre al servicio de los apóstoles. La comunidad cristiana no está todavía dividida en demarcaciones jurisdiccionales.

Pero seguidamente Pablo y Bernabé fundan toda una serie de comunidades en el Asia Menor, a cuyo frente ponen jefes locales. Este es el primer paso hacia la división de la Iglesia en distritos de jurisdicción, lo que más tarde habían de ser las diócesis. El «presbítero» de la comunidad de Listra no tenía ninguna autoridad en Derbe o en Iconio. Sin embargo, estos prepósitos no son todavía obispos diocesanos en el sentido posterior, puesto que de momento sólo actúan en representación de los apóstoles. En cuanto Pablo u otro apóstol aparece en la comunidad, asume el primer puesto sin más ceremonias. El establecimiento de jefes locales en representación de los apóstoles parece haber sido imitado luego en Palestina y en Siria, aunque sobre este punto nos faltan noticias precisas.

Tenemos, pues, en el tiempo apostólico, una doble jerarquía: una jerarquía general y otra local. La jurisdicción general es ejercida por lo apóstoles, o conjunta (concilio apostólico) o individualmente (Pablo, Juan, Pedro), o también por colaboradores de los apóstoles dotados por éstos de plenos poderes. Ejemplos de este último caso tenemos, entre otros, en las actividades de Tito en Creta y de Timoteo en Éfeso, y quizá también en la de Marcos en Alejandría. La jurisdicción local compete a los prepósitos locales instaurados en las distintas comunidades por los apóstoles, y obrando en nombre de éstos mientras estuvieron en vida. Con la muerte del último apóstol se extinguió la jerarquía general, y los presbíteros locales pasaron automáticamente a ocupar el puesto de auténticos obispos diocesanos. Esto no significa que la Iglesia se disgregara en pequeñas iglesias independientes: para ello estaba el especial ministerio de Pedro, que no se extinguió con su muerte, y la communio fundada en tal ministerio.

Huelga decir que no debemos hacernos ilusiones sobre la importancia de estas primitivas comunidades. En los primeros años Jerusalén contaba con más de diez mil cristianos, pero la ciudad fue destruida en el año 70, y la comunidad, ya probablemente muy menguada, se dispersó. Los restantes grupos de cristianos llegarían apenas a unos centenares en la época apostólica, incluso los de Corinto, Éfeso, Esmirna, Filipos. Los presbíteros locales eran personas de escasa categoría social. No conocían aún la mitra y el báculo, y en su atuendo exterior en nada se distinguían de los restantes ciudadanos. En muchos casos tal estado de cosas se perpetuó hasta los últimos tiempos de la antigüedad, y un obispo local a menudo no era más que lo que hoy es un párroco. Lo que importa, empero, es la existencia desde un principio de una positiva organización jerárquica. El cristianismo jamás se limitó a ser una orientación o corriente espiritual o un movimiento de exaltación de las masas.

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