El papa Víctor
La polémica sobre la celebración de la pascua aguardaba todavía su solución. Nos faltan datos para comprender por qué se consideraba de tanta gravedad la discrepancia en la fijación de la pascua. A fines del siglo II el papa Víctor decidió poner fin al asunto. Por su iniciativa se celebraron simultáneamente sínodos en diversas regiones y se comunicaron mutuamente las actas. Todavía a principios del siglo IV Eusebio pudo ver estas actas en el archivo de Jerusalén. Para nosotros poseen una especial importancia, porque nos muestran cuáles eran las Iglesias más importantes al término del siglo II y nos permiten observar asimismo la incipiente formación de las uniones metropolitanas. Para Italia se celebraron sínodos en Roma bajo la presidencia de Víctor; para las Galias, en Lyon, presididos por Ireneo; para el Ponto, o sea la parte oriental del Asia Menor, bajo la presidencia de Palmas, el obispo más antiguo; para el occidente del Asia Menor, bajo Polícrates de Éfeso; para Siria septentrional probablemente en Edesa; para Palestina, en Cesarea. Llegaron además muchas misivas de obispos aislados, de regiones en las que no se habían celebrado sínodos, como la de Baquilo de Corinto. En Egipto no parece que se reuniera ningún sínodo, puesto que allí sólo había un obispo, el de Alejandría.
Todas las actas y cartas sinodales coincidieron en aceptar el uso romano para la fijación de la pascua, con la excepción del sínodo de Éfeso; verdad es, por otra parte, que éste debió ser el más nutrido. Eusebio nos ha conservado la epístola del obispo Polícrates al papa Víctor, concebida en un tono muy arrogante. Con el proceder característico de la Iglesia de aquel tiempo, de pasar sin más ni más a las más extremas medidas, Víctor decidió excluir de la comunidad de la Iglesia a todos los obispos de la región de Éfeso, al que probablemente pertenecían más de una cuarta parte de todos los fieles de entonces. El desconcierto fue general. Nadie discutió al obispo de Roma el derecho a dar tal paso, pero Ireneo de Lyon se hizo portavoz de la opinión pública y exhortó a Víctor a la concordia en un escrito que nos ha sido conservado. Desconocemos el final del asunto; nos consta, empero, que se restableció la comunión entre las iglesias de Roma y Éfeso.
Para todo el siglo II nuestras fuentes son muy escasas, y lo poco que sabemos se refiere en gran parte a Roma y a los obispos romanos. En cuanto a las provincias, las más de las veces nuestros datos se limitan a afirmar la existencia de comunidades de fieles en diversas ciudades. Esta carencia de noticias no es, empero, debida a interrupciones en la tradición, sino a la escasa importancia de las iglesias. Las comunidades contaban aún con muy pocos miembros, y no mantenían entre sí una comunicación tan activa como la que se estableció más tarde. Había aún pocos problemas que conmovieran a la Iglesia entera. Las cosas cambiaron en el siglo III. Aumenta el número y substancia de las fuentes, hasta el punto de que en muchos aspectos estamos mejor enterados de la historia eclesiástica del siglo III, que de la historia imperial contemporánea. La producción literaria cristiana supera casi en volumen a la pagana. Conocemos mejor al papa Calixto que al emperador Alejandro Severo, su contemporáneo, y poseemos una imagen más viva y completa del papa Cornelio y del obispo Cipriano de Cartago que de los emperadores de su tiempo, Decio, Galo y Valeriano.
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