La gnosis
Los gnósticos, cuya aparición se remonta al siglo I, no constituían al principio una secta separada, sino más bien una corriente espiritual dentro de la Iglesia. Muchas personas de cultura que se habían hecho cristianas, sobre todo en los grandes centros culturales helénicos de Antioquía y Alejandría, tenían la penosa impresión de que el cristianismo era demasiado superficial, demasiado simplista, casi vulgar. Incluso en la antigüedad, ningún reproche les parecía tan insoportable a los cultos como el de la ingenuidad. Estos académicos no acertaban a percatarse de que la doctrina cristiana es un complejo de verdades inmutables y reveladas.
Preferían elaborarla y desarrollarla al estilo de un sistema filosófico. Esto es justamente lo que la palabra «gnosis» significa: un conocimiento más profundo. Lo que de ello salió no fue una metafísica utilizable, sino una serie de descabelladas teosofías, y teogonías, en las que se mezclaban en vertiginosa confusión lo abstracto y lo concreto, el tiempo, el silencio, el verbo, Dios, el abismo, Cristo, la Iglesia, como en la más exuberante mitología. Conocemos algunos sistemas gnósticos gracias a las refutaciones católicas, especialmente las de Ireneo, que no ahorró fatiga alguna en combatirlos, pero poseemos también fragmentos auténticos de los gnósticos, e incluso un libro completo, la Pistis Sophia. Nos resulta hoy difícil encontrar algún interés en semejante galimatías; mas por lo visto el enigmático tono y la mística elevación de estas doctrinas, infinitamente alejadas de la revelación cristiana, ejercían entonces una positiva fascinación sobre muchos espíritus.
Parece que a mediados del siglo II pululaban por doquier los maestros gnósticos ambulantes, algunos de los cuales practicaban misteriosos ritos, celebraban extravagantes fiestas eucarísticas en las reuniones de adeptos y cometían los mayores desafueros. Su actividad resultaba peligrosa para la Iglesia. Hasta la segunda mitad del siglo II, poco pudo hacerse para salir al paso de la proliferación de tratados escritos, pues se carecía de ingenios que estuvieran a la altura de la tarea. Los predicadores gnósticos demostraban un especial empeño en acudir a Roma, no porque la comunidad de fieles romanos constituyera un suelo abonado para su doctrina, sino porque ya entonces se atribuía un valor especial al dominio de la communio romana. Conocemos los nombres de algunos, como Marción, Cerdón, Valentín, varias veces excomulgados por los papas Higinio y Aniceto. La exclusión de la comunión de la Iglesia era la única arma de que podían servirse los obispos en tales casos. Algunas pequeñas sectas, como la de los marcionistas, se perpetuaron hasta el siglo
IV.
En Roma se han hallado algunos pequeños cementerios en los que se cree poder reconocer sepulturas gnósticas. Pero, como movimiento, la gnosis estaba ya muerta en el siglo III, gracias sobre todo a la enérgica reacción literaria que tuvo efecto en el campo católico, por obra de san Ireneo de Lyon, san Hipólito de Roma, los dos alejandrinos Clemente y Orígenes, y el africano Tertuliano, todos los cuales hacían hincapié, frente a los gnósticos, en el principio de la tradición apostólica, o sea en el carácter revelado de la doctrina cristiana.
Volver al índice