La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

Los papas Ceferino y Calixto

El cisma de Hipólito

 

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La afluencia de doctores griegos a Roma no cesó con la desaparición de la gnosis. Víctor, Ceferino y Calixto tuvieron que condenar a varios de ellos por la heterodoxia de sus doctrinas. Bajo el pontificado de Ceferino llegó incluso a producirse un cisma, pues algunos de los excomulgados erigieron un antiobispo. La tradición no nos dice quién consagró a este obispo, llamado Natalis, pero sí sabemos que no tardó en volver de su acuerdo y prestó penitencia pública ante el papa. Más grave fue el cisma que estalló poco después de la muerte de Ceferino († 217), dado el prestigio de su promotor, el presbítero romano Hipólito.


Hipólito era el mejor teólogo que poseía entonces la Iglesia romana. Pertenece al número de los grandes escritores cristianos que aparecieron en el giro del segundo al tercer siglo, Ireneo, Clemente, Tertuliano y Orígenes. Se han perdido, sin embargo, la mayor parte de sus escritos, compuestos en lengua griega. A juzgar por los fragmentos conservados, publicó también mucho de mediocre. Era de más edad que Orígenes, y cuando éste visitó a Roma, oyó predicar a Hipólito, quien no se olvidó de advertir a los oyentes la presencia del famoso alejandrino. Bajo el pontificado de Ceferino observó Hipólito con disgusto cómo el diácono Calixto, que le era antipá­tico, iba ganando cada vez más el favor del papa. Según las propias palabras de Hipólito, Calixto había conseguido «embaucar» por completo al anciano obispo. Entre otras cosas, Ceferino confió al hábil diácono, que en su juventud había regentado un negocio de banca, la administración del cementerio de la Via Apia, que aún hoy lleva su nombre. Cuando a la muerte de Ceferino, Calixto fue nombrado papa, se produjo la ruptura.

 

En su invectiva contra Calixto, que se nos ha conservado, Hipólito observa un curioso silencio sobre la causa de su separación de la Iglesia. Parece que Calixto le invitó a justificarse sobre un punto doctrinal, y al negarse a ello el amargado teólogo, lo fulminó con la excomunión. Pero Hipólito no era un Natalis. Recogió el guante, organizó una comunidad rival y abrumó de insultos a Calixto y a los «calixtianos», acusándoles de relajación moral y de las más bajas intenciones. Calixto sufrió el martirio el 14 de octubre de 222. El cisma se perpetuó bajo sus sucesores, Urbano y Ponciano. El anciano cismático no se reconcilió con el papa hasta el año 235, cuando juntamente con Ponciano fue deportado a Cerdeña. Su cadáver fue trasladado a Roma, y sus amigos le erigieron una estatua en su cementerio de la Via Tiburtina, un honor del todo inusitado en la antigüedad cristiana. En el zócalo de la estatua, hoy en el museo lateranense, pueden leerse los títulos de todas sus obras. Hipólito, como mártir que fue, gozó más tarde en Roma de una gran veneración. Sólo por esto se conservó el recuerdo de su nombre. Ya san Jerónimo, en el siglo IV, no sabía a ciencia cierta quién había sido Hipólito.


Ceferino es el papa más antiguo de quien sabemos dónde fue enterrado, a saber, en el cementerio de Calixto, en un mausoleo erigido en la superficie. Ponciano fue inhumado en el mismo cementerio, en la cripta papal subterránea que su sucesor hizo construir. Es el primer papa del que se ha conservado el epitafio.



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