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La polémica sobre el bautismo de los herejes

 

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En la cuestión de los lapsi y en la repulsa del cisma de Novaciano, el papa Cornelio y Cipriano estuvieron de acuerdo en todos los puntos. Pero, muerto ya Cornelio en el exilio, el celoso obispo de Cartago incurrió en un grave conflicto con el nuevo papa Esteban. Se trataba de la cuestión de si los que dejaban una secta para entrar en la Iglesia católica, debían ser o no bautizados. Cipriano defendía la tesis de que el bautismo conferido por un hereje no era tal bautismo, puesto que fuera de la Iglesia no hay salvación. El principio, formulado en estos términos tan generales, era erróneo con toda seguridad, y el propio Cipriano hubo de reconocer que se trataba de una innovación, aunque pudiera apoyarse en el decreto de un concilio convocado en Cartago por uno de sus predecesores. Evidentemente, Cipriano apuntaba sobre todo a los montanistas africanos, cuya fórmula bautismal, al menos si hemos de dar crédito a noticias posteriores, era positivamente inválida. En Roma, en cambio, se pensaba principalmente en los novacianos que se reconciliaban con la Iglesia, los cuales, naturalmente, habían recibido el bautismo católico, pues la secta contaba sólo con unos pocos años de existencia.
A pesar de la abundancia de documentos que están a nuestra disposición, el resultado de la polémica ha quedado en la obscuridad. Lo seguro es que Cipriano abrumó al papa con escritos, actas y embajadas, con el propósito de ponerlo de su parte. Mas por lo visto Esteban era un jurista rígido y poco dúctil, que no tenía la menor intención de conceder al obispo de Cartago mayor beligerancia que a los demás prelados. Cuando llegó la embajada enviada por Cipriano para arreglar definitivamente el asunto, y que debía poner en manos del papa las actas conciliares suscritas por noventa obispos africanos, Esteban ni siquiera le abrió las puertas de la iglesia; esto equivalía, según la práctica de entonces, a una ruptura de las relaciones diplomáticas, con la que Cipriano y sus adeptos quedaban excluidos de la comunión de la Iglesia romana. Tal proceder significó un rudo golpe para Cipriano, quien por encima de todo ponía la conservación de la unidad de la Iglesia. En las cartas a sus amigos desahogó su pesar en apasionadas lamentaciones. Escribió al obispo Firmiliano de Cesarea, en el Asia Menor, y éste le contestó con una inflamada invectiva contra el papa. Resultó que Esteban había hecho objeto a Firmiliano del mismo trato y a causa del mismo asunto, o sea que le había excluido también a él de la comunión eclesiástica.

Por desgracia, nuestras fuentes se interrumpen aquí, y no sabemos cómo terminó el conflicto. Sabemos sólo que el obispo Dionisio de Alejandría intercedió para llegar a un arreglo, pero la información de que disponía era deficiente y su intento de mediación llegó tarde. Esteban murió en agosto de 257, en el punto culminante de la polémica. Parece que Cipriano volvió a estar en buenas relaciones con su sucesor Sixto II. En todo caso, el hecho de que san Cipriano aparezca tan pronto en la literatura martirial romana, da a entender que al morir estaba en paz con Roma. Tampoco tenemos noticias de que se mantuviera la ruptura entre Roma y Cesarea.
Lo único que podemos decir con seguridad, es que en el problema teológico que dio lugar a la disputa, la tesis del papa Esteban se ha impuesto en toda la línea. Con ello se hizo luz sobre un importante punto doctrinal: la validez del bautismo no depende del credo del bautizante, y tampoco de que éste pertenezca a la Iglesia, sino sólo de su intención de hacer lo mismo que la Iglesia hace. De ahí se dedujo, además, que la validez de los sacramentos es por completo independiente de la dignidad personal del que los administra.



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