La polémica de los dos Dionisios
Después de la larga sedisvacancia subsiguiente a la persecución de Valeriano, sucedió al papa mártir Sixto II el presbítero Dionisio. Éste pidió cuentas al homónimo obispo de Alejandría, a propósito de unas fórmulas cristológicas que le parecían sospechosas. Dionisio de Alejandría procuró justificarse, admitiendo que tal vez no había sido siempre afortunado en la elección de las expresiones usadas en sus escritos, y alegando que si no había empleado el término homoousios, usado por el papa para indicar la identidad de esencia del Hijo con el Padre, era por no aparecer este término en la Biblia; declaraba, empero, que en cuanto al fondo coincidía enteramente con el papa. Dionisio de Alejandría era no sólo un teólogo notable, sino ante todo un gran pastor de almas. Su mirada alcanzaba, lo mismo que la de Cipriano, mucho más allá de los límites de su diócesis. Pero así como Cipriano, arrastrado por su celo, quería imponer sus puntos de vista a todo el mundo, Dionisio se inclinaba siempre a la concordia y la
transacción. De él data la estrecha colaboración con Roma, que se hizo tradicional en los obispos alejandrinos durante casi dos siglos.
El período comprendido entre 260 y 303, desde el fin de la persecución de Valeriano hasta el inicio de la de Diocleciano, fue para la Iglesia un tiempo de paz que apenas nada vino a perturbar.
El número de cristianos aumentaba a ojos vistas. A principios del siglo IV podemos estimar este número en cinco o seis millones, para una población total del imperio de unos cincuenta millones. Eusebio, que conoció todavía esta época, describe cómo en muchos lugares había que erigir nuevas iglesias, puesto que las viejas resultaban ya insuficientes. El número de sedes episcopales debió de llegar casi al millar.
Donde más numerosos eran, relativamente, los cristianos, era en el Norte de África, Egipto, Siria y Asia Menor, así como en las grandes ciudades de Cartago, Alejandría, Antioquía y, sobre todo, Roma. Roma, que aunque disminuyó algo de población en tiempos de Diocleciano, seguía contando con medio millón de habitantes, tenía una comunidad cristiana de más de cincuenta mil almas, si es que no se acercaba a las cien mil. Fuera de los límites del imperio, sólo en la Persia occidental hubo de momento grupos cristianos. En los últimos años del siglo III el rey de Armenia, Tiridates III, se convirtió al cristianismo. Este país, que sólo estaba con el Imperio en una relación de dependencia muy floja, puede considerarse como el primer estado que, como tal, se adhirió al cristianismo.
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