Las más antiguas noticias sobre la celebración de la eucaristía
La misa ha nacido de la conjunción de dos partes, el servicio divino de la oración y la celebración del sacrificio eucarístico. Esto apenas se advierte hoy en la llamada misa rezada, pero sí en el solemne oficio pontifical. Durante toda la introducción de la misa, el obispo permanece al margen del altar, sentado en su trono. Sólo cuando ha terminado la antemisa se dirige con pompa al altar.
La antemisa, con sus lecturas, explicación de la escritura o sermón y los rezos de la comunidad, procede en sus rasgos fundamentales de la sinagoga. En la sinagoga no se celebraba ninguna ceremonia con carácter de sacrificio. Esto se hacía sólo en el templo. Pero el sacrificio eucarístico cristiano no es continuación de los sacrificios del templo ni tiene con ellos nada en común. Constituye, desde el comienzo, algo peculiar y propio del cristianismo. Los apóstoles no celebraban la «fracción del pan» ni en el templo ni en la sinagoga, sino en una casa particular, y lo hacían así ya en tiempos en que no se había consumado aún la separación ritual del servicio divino veterotestamentario.
Si en un principio existía un enlace entre la ritual «fracción del pan» y los llamados festines de caridad o ágapes, no podemos decirlo. Si así era realmente, la separación debió de efectuarse muy temprano. Esto se deduce del hecho de que la eucaristía, ya en tiempo de los apóstoles, era celebrada a las primeras horas de la mañana, mientras que los ágapes, siempre que tenemos noticia de ellos, tenían efecto al anochecer. La costumbre de una comida por la mañana, equivalente a nuestro desayuno, era totalmente desconocida en la antigüedad.
La primera descripción de la celebración de la eucaristía combinada con el servicio divino del rezo, la tenemos en los Hechos de los apóstoles. Pablo está en Tróade. La comunidad se ha reunido en el segundo piso de una casa. Es la noche del sábado al domingo, y muchas lámparas están encendidas. El hecho de que se destaque este detalle es indicio de una cierta solemnidad. Pablo habla, es decir, lee y explica la Escritura hasta la medianoche. Entonces «parte el pan y come de él». Luego sigue enseñando hasta el amanecer y después se despide.
La primera descripción circunstanciada del rito nos la da, unos cien años más tarde, el mártir san Justino en su primera Apología, escrita hacia el año 150. No es que en el tiempo intermedio falten testimonios sobre la eucaristía. Hacia el año 100, se encuentra expresamente mencionada en Ignacio de Antioquía. Justino escribe para los paganos. En el domingo se reúnen todos los fieles. Se leen «las memorias de los apóstoles» (los evangelios) y, si hay tiempo, los escritos de los profetas. Luego el presidente pronuncia un sermón. Seguidamente se levantan todos para orar. Al final se imparte el ósculo de paz. Empieza entonces la preparación para la celebración de la eucaristía. Al presidente se le presentan pan y un vaso con agua y vino; él los recibe, evidentemente en forma solemne.
Luego empieza la oración «larga» de la eucaristía. Ésta «contiene las palabras del propio Cristo» (las palabras sacramentales) y «se nos ha enseñado que estos manjares son la carne y la sangre de Jesús hecho hombre». La oración eucarística termina con el amén del pueblo. «Entonces, los que entre nosotros son llamados diáconos, reparten entre los presentes el pan y el vino con el agua, sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, para que los consuman, y también se lleva su porción a los ausentes».
A partir de este momento, los testimonios se hacen cada vez más explícitos. Al principio del siglo III tenemos ya en Hipólito de Roma un formulario para la oración eucarística, en el que las palabras de la consagración aparecen intercaladas en la acción general de gracias en la forma aún hoy característica. Incluso las aclamaciones del principio, Sursum corda y Gratias agamus, sólo apuntadas en Justino, en Hipólito tienen ya la forma actual. Sin embargo, el texto de Hipólito fue considerado durante largo tiempo como un simple ejemplo, como un modelo. No existe aún un misal, y el celebrante improvisa cada vez el texto, aunque siempre dentro de un marco fijo. El principio y el fin están ya bien determinados, así como la transición a la consagración y las palabras de ésta.
La ceremonia en conjunto, en los primeros tiempos, era de larga duración, de varias horas quizás, en la forma que describe Justino. Parece que más tarde se abreviaron las largas lecturas del comienzo, introduciendo en cambio ceremonias destinadas a realzar la solemnidad. Así, a finales del siglo IV, aparecen las impresionantes despedidas previas al inicio de la oración eucarística: todos los que no tienen derecho a participar en ella, los catecúmenos de todos los grados y los penitentes, se acercan clase por clase al altar, reciben allí la bendición y abandonan la iglesia. Son un producto de aquella tendencia a expresar el respeto en una forma dramática, que en último extremo condujo a la práctica oriental, usada también en algunas partes de Occidente, de hacer retirar al sacerdote detrás de una cortina o una pared durante la consagración, para ocultarlo hasta de la mirada de los fieles. En el siglo V encontramos también la llamada disciplina del arcano: de puro respeto, los escritores no osan ya hablar de la eucaristía en palabras abiertas y claras, sino se que sirven de diversas circunlocuciones. En los tiempos antiguos se era mucho menos escrupuloso en estas cosas.
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