Iglesia del derecho e iglesia del amor
El análisis histórico de los conceptos de paz y comunión nos muestra con toda claridad que, desde un principio, la Iglesia era un edificio social, y no una mera corriente espiritual, o una multiplicidad de personas animadas de los mismos sentimientos, ni tampoco una simple alianza de amistad y de amor. La conciencia de formar parte de una unidad descansaba, tanto en los fieles como en los obispos, que las más de las veces no se conocían personalmente y discutían entre sí con lamentable frecuencia, en el convencimiento de estar vinculados por lazos reales, no creados por ellos mismos como en una asociación utilitaria, sino independientes de su voluntad. Esta vinculación real, que ellos designaban justamente con los nombres de paz y comunión, contiene un elemento jurídico al mismo tiempo que un elemento sacramental. El uno es inseparable del otro. La comunión es una sociedad real, pero gracias al elemento sacramental se distingue de cualquier otra sociedad que exista entre los hombres. El deber de amor deriva de la comunión, pero no es él lo que constituye la comunión.
En esta concepción de la comunión no puede advertirse evolución histórica alguna. Aparece ya desde un principio, desde el momento en que san Pablo escribe a los corintios: «Fiel es Dios, que os ha llamado a la koinonía (comunión) de su hijo Jesucristo, Señor nuestro.» Y Juan escribe en su primera carta: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en koinonía con nosotros y vivamos en koinonía con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Si dijéramos que vivimos en koinonía con Él y andamos en tinieblas, mentiríamos y no obraríamos según verdad. Pero si andamos en la luz, como Él está en la luz, entonces estamos en koinonía unos con otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado.»
Es la misma paz que Cristo dio a los apóstoles, la paz que el mundo no puede dar, la misma paz que los primeros cristianos nombraban grabándola en innumerables epitafios sepulcrales. Depositus in pace, o simplemente In pace, como tantísimas veces leemos en las inscripciones de las catacumbas, no significa que el muerto se haya evadido de las luchas terrenas. Para decir esto no se escribiría: «Murió en la paz», o «fue enterrado en la paz». Esta paz es, más bien, la comunión, la comunión de los santos, la Iglesia; murió en la comunidad de la Iglesia, y por tanto ahora pertenece a la Iglesia triunfante. En un tiempo de cisma, en el siglo IV, leemos incluso: in pace legitima, «murió en la comunidad legítima». In pace expresa el mismo sentimiento que expresamos hoy con las palabras: auxiliado con los santos sacramentos de la Iglesia. Pues también en la antigüedad el punto central de la paz y la comunión lo constituía la eucaristía.
Del mismo modo que esta concepción no ha conocido un desarrollo paulatino, tampoco desapareció nunca en los tiempos posteriores. Aún hoy reza la Iglesia en la festividad del Corpus Christi: «Concede propicio, oh Señor, a tu Iglesia los dones de la unidad y de la paz, que místicamente están representados por los dones que te ofrecemos.»
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