La dieta del Dr. Dukan

 

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El Bautismo

 

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En los primeros tiempos, los apóstoles administraban el bautismo sin preparación especial alguna. Pero ya san Pablo parece no haber bautizado siempre en seguida (1 Cor. 1, 14). En el siglo II encontramos ya en Justino la observancia de un período regular de preparación, con instrucción doctrinal, ayunos y oraciones. En Tertuliano aparece el término «catecúmeno». En Hipólito, a principios del siglo III, hallamos los escrutinios, el examen de los candidatos al bautismo sobre su manera de vivir. Las personas que ejercían una profesión considerada incompatible con la fe cristiana, como actores o gladiadores, eran rechazados o excluidos temporalmente. En cambio, por doquier hallamos testimonios de que se bautizaba también a los niños.


En el siglo IV, pasada ya la sangrienta época de las persecuciones, se implantó en las familias cristianas la mala costumbre de aplazar en lo posible la recepción del bautismo. Ello obedecía a dos causas. Desde Constantino, los cristianos tenían acceso a todos los cargos y situaciones; pero, a pesar de ello, la vida civil y pública estaba aún tan impregnada de paganismo, que lo más cómodo era no ser cristiano del todo, sino sólo a medias. De ahí que muchas personas, sobre todo las pertenecientes a las clases superiores, quedaban toda la vida en la condición de catecúmenos, y sólo se hacían bautizar en peligro de muerte. La otra causa era la creciente severidad de la práctica penitencial. Puesto que el bautismo operaba la remisión de los pecados, mucha gente lo aplazaba hasta haber dejado atrás, cuando menos, los descarríos de la juventud.

 

Jamás nos asombraremos bastante de que esta escandalosa perversión dejara indiferentes o poco menos a los pastores de almas, aun a los más celosos y clarividentes. El abuso penetraba hasta en las familias más piadosas. San Basilio, san Crisóstomo y san Agustín, a pesar de la santidad de sus respectivas madres, fueron todos bautizados cuando eran ya de edad adulta. Siendo aún niño san Agustín, con ocasión de una grave enfermedad pidió con insistencia el bautismo, pero santa Mónica creyó más prudente aguardar todavía un poco. San Ambrosio no había sido aún bautizado cuando fue elegido obispo. La epigrafía nos ofrece un gran número de ejemplos de sepulturas de «catecúmenos», tanto niños como mayores.


Sin embargo, este abuso tenía también su lado bueno. El bautismo producía una profunda impresión sobre los que lo recibían en edad adulta. La Iglesia coadyuvaba a ello dando un realce especial al período de preparación propiamente dicho, así como a las ceremonias bautismales. El que quería ser bautizado por Pascua, que era el tiempo más habitual para ello, debía declararlo al empezar el período de ayuno. Luego debía asistir diariamente a los rezos, bendiciones y exorcismos que se celebraban en la iglesia, y sobre todo a las lecciones catequísticas dadas por el obispo en persona. Venían a ser, por decirlo así, unos ejercicios espirituales de cuarenta días. El bautismo se administraba con extremada solemnidad. Las ceremonias duraban toda la noche, desde el sábado santo al domingo de pascua. En las grandes ciudades, las procesiones nocturnas de la catedral al baptisterio y viceversa, en las que el clero entero acompañaba a los numerosos bautizados (en el año 404 fueron éstos en Constantinopla en número de tres mil) con sus respectivos padrinos, debieron de ser altamente impresionantes.


También en la noche de pascua recibían los neófitos la confirmación y, por primera vez, la comunión. Durante toda la semana de pascua venían obligados a visitar diariamente la iglesia, y lo hacían con las blancas vestiduras que habían revestido en el acto del bautismo, hasta el domingo in albis, llamado aún hoy en algunos países domingo blanco. Durante estos ocho días seguían las instrucciones catequísticas, que ahora versaban especialmente sobre la eucaristía, de la que no se hablaba antes del bautismo. Pero esto no era sino una especie de «iniciación ritual en los misterios», pues no cabe pensar que unas personas adultas, crecidas en un ambiente totalmente cristiano, no supieran absolutamente nada de la eucaristía.


A esta solemne forma del bautismo usada en el siglo IV debemos algunos de los más valiosos escritos patrísticos, como las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén y de san Ambrosio. Así, no cabe dudar de que el aplazamiento del bautismo tuvo también consecuencias beneficiosas. Tenemos aquí un fenómeno comparable al del excesivo aplazamiento de la comunión de los niños, usual en el siglo XIX. También esto constituía un positivo abuso, al que puso fin el celo pastoral de Pío X. No puede negarse, empero, que en ninguna época se impartió a los niños una preparación más seria y a fondo para la primera comunión como en el siglo XIX.



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