El primado papal en la antigüedad
Está claro, por tanto, que desde los más antiguos tiempos el obispo de Roma ocupaba una situación especial, que no se limitaba a ser una prelación de honor, como muchos creen. Precisamente en los primeros siglos no se hace mención alguna de honores y títulos y preferencias de rango. Tales cosas sólo aparecieron en la época bizantina. Ni siquiera el nombre «papa» le estaba reservado en exclusiva. A san Cipriano se le llamaba con frecuencia «papa», y la palabra griega papas era aplicada a toda clase de clérigos. La primacía del obispo de Roma era más bien de carácter real. Él era el centro de la comunión. Quien figuraba en su lista, pertenecía a la Iglesia, y dejaba de ser miembro de ésta quien era borrado de aquélla.
Cualquier obispo podía suspender la comunión con otro, pero a condición de tener detrás de sí a la Iglesia entera, o sea, cuando estaba seguro de que poseía la comunión con Roma. En cambio, el obispo romano no necesitaba apoyarse en nadie, ni lo hacía. No tenía necesidad de hacer el cómputo geográfico, como san Basilio, San Atanasio y otros. Cuando Víctor excluyó de su comunión a los obispos del Asia Menor, Ireneo y otros lamentaron este paso, pero nadie discutió a Víctor el derecho a darlo. Cuando Esteban suspendió la comunión con Cipriano y con más de cien obispos de África y Asia Menor no se conmovió por ello la sede romana.
Verdad es que, en los detalles, la efectividad del primado papal ha cambiado mucho, o mejor, ha aumentado en el curso de los siglos. Largo es el camino recorrido desde Víctor, Cornelio y Esteban hasta Gregorio VII, Inocencio III, Bonifacio VIII. Esta comparación es lo que induce a más de un historiador a creer que los papas de la antigüedad no eran aún, en realidad, «papas». La diferencia consiste, esencialmente, en dos puntos: en el esplendor de la soberanía, que no se desarrolló hasta la Edad media, cuando los papas eran al mismo tiempo príncipes territoriales, y en la multiplicidad de los negocios administrativos, que no se inició hasta los últimos tiempos medievales para adquirir una inusitada extensión en la época moderna. Pero éstas no son más que funciones subordinadas, que competen legítimamente al Papa como cabeza de la Iglesia, pero que no alcanzan a hacer de él el jefe de la Cristiandad. Cabezas de la Iglesia, los papas antiguos lo eran tanto como los modernos, aunque no llevaran aún la tiara ni existiera el colegio cardenalicio.
Es más, puede incluso sostenerse que la suprema función del Papado, el ser roca de la Iglesia y tener las llaves del reino de los cielos, en la antigüedad se ponía de manifiesto más a menudo que hoy en día. Los papas actuales ya no excluyen de la Iglesia a países enteros y a centenares de obispos, y es muy raro que acudan a la ultima ratio como hacían los pontífices de los primeros siglos.
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