La dieta del Dr. Dukan

 

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Frecuencia de la celebración de la misa

 

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En un principio, el sacrificio eucarístico sólo se ofrecía los domingos. Hasta el año 200 no encontramos la primera indicación de una misa en día laborable. Tertuliano (De Orat. 19) menciona el curioso escrúpulo de algunos fieles, que no osaban asistir a la misa en día de ayuno, por temor a romperlo con la comunión. Tertuliano aconseja a estos timoratos que se lleven la eucaristía a su casa, para recibirla al día siguiente: «Así queda todo salvado, la participación en el sacrificio y el cumplimiento del deber de ayunar». Este pasaje nos permite ver que en aquel entonces no se oía nunca la misa sin recibir la comunión. El domingo no podía ser nunca día de ayuno; por consiguiente, la dificultad mencionada sólo podía surgir en una misa en día laborable. Tal vez se trataba de misas de difuntos. El domingo se celebraba solamente una misa. Sólo en Roma se decían simultáneamente varias misas por los distintos sacerdotes, en las iglesias titulares. En las demás ciudades celebraba sólo el obispo, con asistencia de los presbíteros y diáconos; pero no hay que entender esta asistencia en el sentido de que los sacerdotes pronunciaran conjuntamente el canon; lo excluía ya el hecho de que el canon careciera aún de un texto fijo.


A partir del siglo IV aumenta el número de días litúrgicos en los que se celebraba la misa, aunque las prácticas siguieron divergiendo según las distintas regiones. Tales diferencias, que tan perturbadoras serían para nosotros, apenas inquietaban a los padres de la Iglesia. Escribe san Agustín (Epist. 54 ad Ianuarium) que en varios lugares se ayuna en sábado y en otros no; hay sitios en que los fieles comulgan diariamente, mientras en otros sólo lo hacen en determinados días; en algunas iglesias se celebra todos los días, en otras sólo en sábado y domingo, o sólo en domingo: «todo esto puede hacerse según el arbitrio de cada cual». La única regla que todo fiel debe observar, es, dice san Agustín, la de hacer todas las cosas de acuerdo con la costumbre del lugar donde reside, añadiendo a esto una observación que aún hoy conserva algo de su valor: «Si alguien observa en otras partes usos litúrgicos que le parecen más bellos o más piadosos, cuando esté de regreso en su patria, guárdese de afirmar que lo que en ella se hace es malo o ilícito, por el hecho de haber visto cosas distintas en otras partes. Es éste un espíritu pueril del que debemos precavernos y que debe­mos combatir en nuestros fieles.»


Hasta el siglo V, no encontramos expresado, y justamente por san León Magno (440-461), el principio de que, cuando es excesiva la aglomeración de gente en la misma iglesia, pueden decirse varias misas una después de otra. Antes de esta fecha no se encuentra el menor vestigio de semejante uso, lo cual resulta tanto más sorprendente cuanto las antiguas basílicas eran por lo regular muy pequeñas. En modo alguno debemos juzgarlas por el volumen de las construcciones constantinianas, como San Pedro o la basílica de Letrán. Más que iglesias destinadas a la cura de almas, estos grandes edificios eran de aparato. En el norte de África podemos ver numerosos restos de antiguas basílicas cristianas, no desfiguradas por construcciones posteriores, que nos informan sobre las medidas usuales en los primeros tiempos. Tales restos han sido, además, estudiados con gran minuciosidad. Muchas ciudades episcopales sólo poseen una iglesia, y ésta no es mayor que la de una modesta aldea. En este sentido, la situación de la cura de almas en la antigüedad distaba mucho de ser ideal. Tenemos abundantes razones para suponer que no todos los fieles, ni muchísimo menos, iban a la iglesia, ni siquiera los domingos.


En cierto modo, la escasa frecuencia en la celebración de la misa quedaba compensada en algunos lugares por la costumbre de la comunión doméstica, atestiguada hasta más allá del siglo V. San Basilio escribe sobre ello a últimos del siglo IV; explica que en su región, en Capadocia, los fieles comulgaban cuatro veces por semana, y siempre en la iglesia; pero esto no significa que tenga nada que objetar contra la comunión doméstica, como era practicada aún, por ejemplo, en todo Egipto y como es práctica común en tiempos de persecución. A los que objetan que esto no es propiamente una comunión, ya que no hay «participación» en el acto de tomar la eucaristía en su propia casa, les contesta observando que, una vez el sacerdote ha consumado el sacrificio, participa en éste todo aquel que recibe del celebrante la hostia, sea sólo una partícula o varias de una sola vez, y tanto si la consume inmediatamente o la reserva para los días siguientes (Epist. 93 a Cesárea). Podemos afirmar que la comunión «fuera de la misa», contra la que hoy algunos elevan ciertos reparos, era corriente en los primeros siglos cristianos, y esto no sólo bajo la coacción de circunstancias especiales, como en épocas de persecución.



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