Los "matricularii"
Los pobres que recibían un subsidio regular de la Iglesia se llamaban matricularii, porque estaban inscritos en la matrícula (en griego, canon) de la Iglesia. A menudo se les llama «viudas y huérfanos», porque éstas eran las categorías tradicionales, pero había también otras clases, «ancianos sin recursos», como dice Tertuliano, o los que habían perdido su hacienda por efecto de una desgracia, por ejemplo un naufragio, y de un modo especial los que en tiempos de persecución habían caído en la miseria por causa de su firmeza en la fe.
Sabemos por un pasaje de Hipólito que hacia el año 190 la Iglesia romana guardaba una relación completa de los confesores que habían sido condenados a trabajos forzados en Cerdeña, y les mandaba regularmente subsidios. En el año 251 la Iglesia romana tenía mil quinientos pobres matricularios, y escribe el papa Cornelio que los recursos disponibles alcanzaban para ayudar a todos. La Didascalia recomienda que los huérfanos sean confiados a familias cristianas, y que éstas les hagan aprender un oficio. La versión griega posterior, o sea las llamadas Constituciones Apostólicas, establecen para el servicio de los pobres este razonable principio: «A los capaces de trabajar, procúreseles trabajo; caridad, sólo a aquel que ya no pueda trabajar.» A las viudas se las empleaba a veces para hacer faenas en la iglesia y ayudar en los servicios de beneficencia. A éstas se las llamaba en Oriente diaconisas.
A partir del siglo IV se erigieron edificios especiales para los pobres matricularios, asilos, orfanatos, como también albergues para los cristianos que viajaban provistos de cartas de comunión. Tales edificios, con sus talleres y corrales, solían formar un complejo arquitectónico junto con la catedral y las viviendas del obispo y de los clérigos; en las excavaciones, sus restos dan a veces la impresión de constituir como una pequeña ciudad.
Los pobres matricularios debían ser, naturalmente, cristianos. Por lo demás, sin embargo, no se establecían grandes diferencias en la distribución de limosnas. Tertuliano se burla, a su manera típica, de los gentiles, que se quejan de que disminuyan las rentas de sus templos a causa del gran número de gente que se hace cristiana; sólo esto nos faltaba, dice Tertuliano: bastante nos dan que hacer los mendigos paganos, para que podamos también atender a las necesidades de los dioses. Juliano el Apóstata encontraba indecoroso que los pobres gentiles recibieran subsidios de los cristianos.
Por lo demás, los antiguos cristianos no practicaban la caridad como medio de propaganda, y mucho menos por temor de las defecciones y otros motivos análogos. En una carta a otro obispo, san Cipriano explica el caso planteado por un pobre. Se trataba de un hombre que, para hacerse cristiano, debía dejar un oficio pecaminoso, y él afirmaba que no le quedaba ningún otro recurso para vivir. Cipriano se declara dispuesto a admitirlo entre sus pobres matricularios, pero el hombre debería conformarse con eso: «No puede esperar que le pasemos un salario para que deje de pecar; pues no es a nosotros a quien presta un servicio, sino a sí mismo.»
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