La obtención de recursos pecuniarios
Se ha intentado calcular lo que debía gastar anualmente la Iglesia romana para mantener a sus mil quinientos matricularii, amén de sus 150 clérigos. Verdad es que las subsistencias eran en la antigüedad mucho más baratas, relativamente, que ahora, incluso en tiempos normales, pero en cambio había otras cosas, sobre todo las telas, que eran mucho más caras. La Iglesia romana debió de disponer de algo así como 25.000 $ U.S.A. anuales, y esto en el peor momento de las persecuciones. Además, las grandes Iglesias, como Roma o Cartago, disponían siempre de medios para acudir en socorro de otras Iglesias necesitadas.
¿De dónde procedían todos estos recursos? En primer lugar, de las colectas regulares en las iglesias, de las «bolsas petitorias». Dice Tertuliano que «cada uno da una vez al mes, o cuando quiere, si es que quiere alguna vez, y si puede; pues a nadie se le obliga». Además, los clérigos superiores solían transferir su patrimonio privado a la Iglesia, la cual se encargaba, en cambio, de su manutención. Así los «jardines» de San Cipriano, probablemente olivares y viñedos, pasaron a manos de la Iglesia de Cartago, y cuando Cipriano fue elevado a la sede episcopal, tuvo que volver a administrar sus antiguos bienes. Más tarde se dictaron disposiciones legales sobre los patrimonios de los clérigos. No faltaban, además, las donaciones especiales de cristianos acomodados, e incluso gentiles, y a veces también de magistrados bienintencionados. La Didascalia se ocupa a fondo de la cuestión de si procede admitir estos donativos de los «malos».
Se tiene, en todo caso, la impresión de que las iglesias, sobre todo en las grandes ciudades, estaban siempre provistas de recursos pecuniarios. En el siglo II, cuando Marción ingresó en el clero romano, aportó como de costumbre su patrimonio. Cuando más tarde fue condenado y excomulgado como hereje, se le devolvieron sus doscientos mil sestercios. En la época postconstantiniana, las iglesias recibieron subsidios oficiales, cuando menos en las grandes ciudades, donde ellas constituían las únicas instituciones de beneficencia existentes.
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