La práctica de la caridad en la antigua iglesia
Como la cosa más natural del mundo, los apóstoles atendieron desde el primer día al servicio de los menesterosos. Lo consideraban, sin más, como una de las funciones propias de su ministerio. De todos modos, el deber primero y principal era la predicación de la fe, y como el rápido crecimiento de la comunidad de Jerusalén no permitía a los apóstoles atender a las dos cosas, eligieron unos auxiliares, los siete diáconos, para que se cuidaran de los pobres, sin por ello abandonar del todo el servicio de éstos.
Esta concepción se mantuvo durante toda la antigüedad cristiana. El obispo tiene a su cargo el cuidado de los menesterosos de la comunidad, hasta el extremo de que no puede hablarse de caridad individual, o al menos de una iniciativa privada en este campo. La Didascalia (ordenanza eclesiástica) en el siglo III opina que con la práctica de las limosnas privadas se hace un agravio al obispo, dando a entender que éste no se cuida de los pobres. Si llega a oídos de un fiel la existencia de un caso de necesidad, debe comunicarlo al obispo y hacer sus donativos a través de éste.
Por su parte, el obispo no debe proceder como si diera las limosnas de su propio caudal, sino que ha de informar a los pobres de las personas a quien deben en último término la ayuda recibida. Por consiguiente, cuando los escritores antiguos nos hablan de gentes piadosas que «distribuían su patrimonio entre los pobres», en general debemos entender que lo entregaron al fondo benéfico de la Iglesia.
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