La dieta del Dr. Dukan

 

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Roma, centro de la comunión

 

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Para demostrar la pertenencia a la Iglesia, el argumento habitual consistía en alegar que se estaba en comunión con la gran mayoría de los obispos: es miembro de la Iglesia el que está en comunión con casi todos los obispos, o también el que lo está con uno solo, de quien consta que posee la comunión de los demás. Pero se necesitaba un último y decisivo criterio con el que, en caso de duda, pudiera acreditarse la pertenencia a la comunión, y éste criterio era la comunión con la iglesia romana.


Opiato, obispo de Mileve en África, escribe en el siglo IV, contra los donatistas: «No puedes negar que la primera sede episcopal en Roma fue conferida a Pedro. Sobre esta sede descansa la unidad de todos.» Luego enumera los sucesores de Pedro hasta llegar a su tiempo, a Dámaso y Siricio: «Éste es hoy mi colega (en el episcopado); a través de él, el orbe entero está concorde conmigo, gracias al sistema de las cartas de paz, en una única sociedad de comunión.» Por este mismo tiempo san Ambrosio escribe a los emperadores Graciano y Valentiniano exhortándoles a que cuiden de que la Iglesia romana no sufra daños: «Pues de ella fluyen hacia todas las demás los derechos de la venerable comunión.»

 

Esta idea no había nacido en el siglo IV. En el año 251 san Cipriano llama a la Iglesia romana «la silla de Pedro y la iglesia principal, de la que emana la comunidad de los obispos». En otro lugar la describe como «la tierra madre y raíz de las iglesias». Y casi cien años antes escribía Ireneo acerca de la misma Iglesia: «Con esta Iglesia deben convenir todas las demás, dada su especial preeminencia.» Esta expresión, convenir (convenire), no ha sido rectamente interpretada por muchos autores. Evidentemente, no se trata de otra cosa que de «comulgar», y aquella frase significa que todas deben pertenecer a la comunión romana. Así hay que entender también el conocido y discutido texto de Ignacio, el discípulo de los apóstoles, en el que llama a la Iglesia romana «puesta al frente de la caridad». Este amor (agape) no es otra cosa que la paz y comunión, la comunidad de paz.


También los paganos sabían que sólo era cristiano de veras el que comulgaba con Roma. En el año 268 Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, fue depuesto en un sínodo por razón de sus errores doctrinales y de su vida escandalosa. Pablo, que no sólo era muy rico, sino que contaba con el apoyo de la reina de Palmira, muy poderosa en aquel tiempo, no se sometió y se negó a entregar a su sucesor la iglesia y la residencia episcopal. Pero cuando el emperador Aureliano vino a Antioquía y destruyó el reino de Palmira, los cristianos se dirigieron a él pidiéndole que arbitrara el conflicto. Aureliano decidió que la residencia episcopal fuera entregada a «aquel a quien envían cartas los prelados de la religión cristiana en Italia y el obispo de Roma». El historiador de la Iglesia Eusebio, que es quien nos informa de estos hechos, califica la sentencia de «completamente acertada».



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