Decio
En el año 250 emprendió el emperador Decio una persecución en gran estilo. Por lo demás, este emperador nos es casi desconocido. Ni siquiera conocemos con exactitud el tiempo de su reinado, y sólo podemos fijarlo aproximadamente por los datos de las monedas. Decio fue uno de tantos emperadores soldados, que así se los llama, que durante todo el siglo III lucharon continuamente por escalar el trono, y su autoridad sobre el Imperio entero sólo duró algunos meses. De otros poseemos cuando menos las deficientes biografías de la llamada Historia Augusta, pero de Decio, ni eso. Tanto más asombroso resulta que algunos historiadores modernos se hagan lenguas de sus altas dotes, ensalzando la amplitud de su visión política, su virtud de antiguo cuño romano y su plan de renovar y afianzar el Imperio entero por medio de la unidad religiosa.
Nada sabemos de todas estas maravillas. Pero sí conocemos en detalle la técnica que empleó para perseguir a los cristianos. Decretó que en un día determinado, todos los habitantes del Imperio debían realizar un rito idolátrico, nombrándose al efecto comisiones en todos los lugares, hasta en las más insignificantes aldeas. El que llevaba a cabo el rito, recibía un certificado de la comisión. Quien transcurrido un determinado plazo no estuviera en situación de presentar semejante certificado, era perseguido judicialmente. Es verosímil que en el edicto no se hiciera mención alguna de los cristianos; pero estaba claro que éstos constituían el único objetivo de la orden. Pues ¿quién podía crear dificultades sino ellos? Dada la naturaleza de las religiones antiguas, nada se oponía a que el adepto de un determinado culto ejecutara un rito propio de un culto distinto. Aparte de
los cristianos, sólo los judíos se hubieran resistido a hacer tal cosa, pero los judíos gozaban de sus privilegios especiales y no parece que fueran afectados por el edicto.
La ejecución del edicto requería un tremendo trabajo de organización. Conservamos vivaces relatos de contemporáneos acerca de cómo ocurrieron las cosas en las grandes ciudades. En localidades como Roma y Cartago funcionaban simultáneamente diversas comisiones. Los habitantes tenían que aguardar de pie durante largas horas, y al llegar la noche muchos eran despedidos para que volvieran a presentarse al día siguiente. La cosa se prolongó durante semanas enteras, hasta que todos tuvieron su certificado y quedaron a salvo de investigaciones policíacas. Un feliz azar nos ha conservado un cierto número de ejemplares de estos documentos. En las colecciones de papiros egipcios han salido a la luz hasta ahora más de cuarenta cédulas de esta clase, todas redactadas según el mismo esquema, nacionalidad, filiación personal y diversas firmas, en suma, verdaderas tarjetas de identidad.
Muchos de los cristianos sucumbieron al primer embate y sacrificaron a los dioses, con malicioso regocijo de los paganos circunstantes. Así se deduce claramente de las indignadas cartas de los obispos, aunque cabe sospechar que Cipriano de Cartago y Dionisio de Alejandría acaso cargaron demasiado las tintas. Otros cristianos, según se desprende de los mismos relatos, quedaron de momento a la expectativa y no tardaron en observar que entre los honrados miembros de la comisión, había más de uno con el que se podía entrar privadamente en tratos. Su buena disposición llegaba hasta el extremo de extender papeletas, no individuales, sino colectivas y referidas a una familia entera, sin que los componentes tuvieran que presentarse uno por uno. Los había incluso que extendían cédulas sin necesidad de sacrificar, a cambio de una pequeña retribución, ya se comprende. Es más, era posible proporcionarse los documentos fuera de las horas de servicio, por mediación de agentes bien intencionados.
En suma, que fueron incontables los cristianos que, sin haber sacrificado a los ídolos, tenían en sus manos el certificado. Los obispos se enfurecieron e impusieron a estos tramposos la penitencia eclesiástica más severa. El resultado final fue que de todas las provincias llegaron a la cancillería imperial boletines de victoria dando cuenta de la total extinción del cristianismo, mientras que los cristianos, tan numerosos como antes, sólo que muchos con la conciencia muy cargada, tenían que enfrentarse con sus indignados obispos. Si se quiere entender el episodio como una lucha en toda forma entre el gobierno imperial y la Iglesia, hay que reconocer que no fue el gobierno el vencedor. Mas para la Iglesia fue ésta una victoria de la que no podía enorgullecerse. ¿Cómo se explica que no se portaran mejor los cristianos, en esta ocasión? La razón debe buscarse en el efecto de sorpresa. Los obispos
habían aguardado una persecución y habían dado las pertinentes instrucciones a los fieles, pero no estaban preparados para salir al paso de esta nueva técnica. Así es como se produjo el pánico. Sin embargo, la causa de que la persecución terminara con un fracaso del gobierno, consistía menos en la insuficiencia del aparato administrativo que en el error de los gobernantes al creer que se podía destruir a la Iglesia por el procedimiento de hacer pecar a los fieles individualmente.
Parece, por lo demás, que la mayoría de cristianos salieron del paso sin prestar sacrificio y sin obtener certificados. Hubo también mártires, y no pocos. Una de las primeras víctimas de la persecución fue, en Roma, el papa san Fabián, que sufrió el martirio el 20 de enero de 250. Más tarde leemos de un grupo de clérigos romanos que pasaron más de un año en la cárcel y fueron atormentados varias veces. El presbítero Museo murió en la prisión. También en Cartago, a pesar del florecimiento que allí conoció el tráfico con los certificados de sacrificio, hubo mártires y denodados confesores. Del presbítero Pionio, martirizado en Esmirna, poseemos las actas procesales. También sufrieron el martirio los obispos de Antioquía y Jerusalén. El anciano Orígenes fue sometido a tan duros tormentos, que murió poco después.
Una vez terminada la persecución propiamente dicha, la situación de los cristianos quedó muy insegura. El emperador Galo, sucesor de Decio después de caer éste luchando contra los bárbaros, desterró al papa Cornelio, y al morir éste poco tiempo después, hizo lo mismo con su sucesor Lucio. En una carta escrita por este tiempo, observa Cipriano que, mientras estaba dictando, podía oir los rugidos de la multitud congregada en el circo, que reclamaba su muerte. Cipriano insistía en que los pecadores de la persecución de Decio, que llevaban ya dos años haciendo penitencia, fueran readmitidos en la recepción de los sacramentos, pues, como él dice, necesitaban fortalecerse con la eucaristía en previsión de nuevas persecuciones. Pero la nueva gran prueba no vino hasta el año 257.
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