Motivos políticos
Otros autores, renunciando a buscar en la esfera jurídica una explicación de las persecuciones, intentan encontrarla en la política. Según ellos, el Imperio romano había sentido su existencia amenazada por el cristianismo, y no podía menos que sentirlo así. Se defendió todo el tiempo que pudo, pero al final la Iglesia se había hecho ya demasiado poderosa, y esto significó la ruina del Imperio.
Casi todo es falso en esta construcción. Aun suponiendo que las persecuciones pudieran concebirse como una lucha entre la Iglesia y el estado imperial, el decurso del conflicto enseña, tanto en su conjunto como en sus pormenores, que el ataque no partió de la Iglesia, sino del gobierno. Ahora bien, nos consta que las persecuciones, especialmente en el siglo II, con frecuencia no partían en absoluto del gobierno, sino de la población. Los magistrados algunas veces se dejaban arrastrar por la opinión, casi a disgusto. ¿Es verosímil pensar que la población provincial, las gentes de Lyon, Esmirna, Cartago y Alejandría se preocuparan tan apasionadamente por el futuro del Imperio romano, que en aras de su seguridad exigieran la muerte de sus propios conciudadanos y compatriotas? No hay que excluir la posibilidad de que los emperadores de la última persecución, Diocleciano y Galerio, se movieran también por motivos políticos, aunque tampoco en ellos pueda esto demostrarse.
Entonces, hacia el año 300, los cristianos eran ya lo bastante numerosos para poder desempeñar un papel político, algo así como lo haría hoy un partido. Verdad es que no existe el menor indicio de que los cristianos sintieran jamás semejantes veleidades. Nunca tomaron parte en las querellas para la sucesión al trono y ni en los peores momentos recurrieron a nada que pudiera parecerse a la acción directa. Pero sería concebible que Diocleciano hubiera abrigado temores en este sentido y que por este motivo pretendiera acabar con los cristianos antes de que se hicieran demasiado poderosos. Sin embargo, esto sólo explicaría por qué las persecuciones continuaron hasta después del 300, mas no por qué empezaron. En tiempo de Nerón y de Trajano, cuando los cristianos contaban sólo unos pocos millares, nadie podía prever que la Iglesia pudiera un día llegar a ser lo que fue. Hubiera sido preciso que Nerón y Trajano fueran, no ya unos clarividentes estadistas, sino unos verdaderos profetas.
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