Ojeada retrospectiva sobre las persecuciones
Si hacemos el recuento de los nombres de los mártires individuales que aparecen en los escritos de los autores contemporáneos, Eusebio, Lactancio, Cipriano, en los protocolos judiciales conservados y en los demás relatos de testigos, apenas llegamos a unos centenares. Es evidente que esta cifra es demasiado pequeña. Los contemporáneos dan a entender claramente que el total era mucho mayor. Pero disponemos aún de un segundo camino para establecer la historicidad de un martirio, aun en los casos en que el nombre en cuestión no aparece en ningún escrito antiguo.
En efecto, siempre que sea posible demostrar la antigüedad de un culto litúrgico, puede darse por segura la autenticidad de los mártires a que el culto se refiere. La razón de ello consiste en que, en la antigüedad, el culto de los mártires estaba íntimamente relacionado con su sepultura. La arqueología nos suministra pruebas convincentes de que, dado el modo como eran tratados los sepulcros, la posibilidad de un error o de un engaño intencionado apenas merece tomarse en consideración. Podía, sí, ocurrir que el sepulcro de un mártir cayera en el olvido, pero era muy difícil que posteriormente se inventara tal sepulcro. De este modo puede demostrarse, por ejemplo, la historicidad de casi todos los más conocidos mártires romanos, a pesar de que los escritores contemporáneos no nos facilitan noticia alguna sobre ellos. Este método arqueológico o hagiológico exige, en cada caso particular, un laborioso estudio. Pero hoy este trabajo está ya terminado en sus grandes líneas. No es de esperar que queden todavía por hacer importantes descubrimientos arqueológicos en este punto, y tampoco que haya que hacer substracciones substanciales de los resultados ya conseguidos.
Por lo demás, este método nos permite sólo averiguar el hecho del martirio, el nombre del mártir y el día de su muerte, pues esto era lo conservado en el culto litúrgico. Ya el año del suplicio puede ser inseguro, aunque la mayoría de los martirios comprobados de esta suerte debieron de ocurrir en la persecución de Diocleciano, ya que en muchos lugares, Roma por ejemplo, el culto de los mártires no se puso en práctica hasta la segunda mitad del siglo III y, por consiguiente, los mártires de las persecuciones anteriores quedaron sin culto. El mártir romano Justino, del siglo II, nunca fue venerado como santo en la antigüedad. Su fiesta no ha sido introducida en la Iglesia hasta estos últimos tiempos.
Los mártires, cuya existencia puede comprobarse por el culto, se cuentan por millares. Pero ninguna información poseemos acerca de ellos, ni sobre el suplicio que sufrieron, ni sobre su profesión civil, ni si eran jóvenes o viejos, seglares o clérigos. Esta carencia de datos fue sentida ya en los últimos tiempos de la antigüedad, y para suplirla surgieron las innumerables leyendas martirológicas. La gente deseaba conocer detalles sobre los mártires, y como no se disponía de ninguno, se echó mano de lugares comunes, escenas truculentas, tormentos posibles e imposibles, rasgos sacados de los viejos relatos auténticos de otros martirios, juntándolo todo, y dando así origen a una novelesca y primitiva literatura martirológica de carácter legendario. En ella el mártir aparece siempre con rasgos
teatrales, habla con elocuencia, obra un sinfín de milagros, provoca conversiones en masa, mientras el juez es, por lo común, obtuso y sanguinario. Con mucha frecuencia el propio emperador actúa personalmente como juez, cosa que en la realidad era rarísima, y a veces actúan como perseguidores emperadores que jamás lo fueron como Alejandro Severo y Numeriano, o aparece Diocleciano juzgando a los mártires romanos, a pesar de que casi nunca estaba en Roma.
Es, desde luego, lamentable que estas leyendas, muy leídas en la edad media y hasta nuestros tiempos, hayan falseado hasta tal punto el cuadro de las persecuciones. Mas por otra parte sería un grave error creer que, por ser falsos tales relatos, jamás existieron los mártires a que ellos se refieren. Los casos de introducción en los catálogos hagiográficos de nombres libremente inventados son muy raros. Otra cosa ocurre con los números. Lo que muchos martirologios cuentan acerca de millares de mártires innominados, no merece el menor crédito.
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