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Origen del odio contra los cristianos

 

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Tertuliano, que a tantas ideas certeras supo dar una formulación sugerente, dice: «En cuanto la Verdad entró en el mundo, con su sola presencia levantó el odio y la hostilidad» (Apol. 7). Pero nos conviene también escudriñar las causas más profundas de este odio y preguntar cómo es que adoptó formas siempre nuevas, sin remitir jamás.


Puede pensarse, en primer lugar, en los judíos. Aunque no sea cierto que al principio los romanos tomaran a los cristianos por una secta judía y descargaran sobre ellos el odio que sentían contra aquel pueblo, es perfectamente verosímil que acudieran a los judíos en busca de informaciones, y éstas difícilmente podían dejar de ser hostiles. Más tarde los judíos aparecen en algún caso como hostigadores del odio a los cristianos, como en la persecución desencadenada en Esmirna en el año 156.

 

Seguramente Tertuliano tiene en la mente sucesos muy concretos, cuando dice que las sinagogas son semilleros de persecuciones (Scorp. 10). Como atizadores del odio entran después en consideración todos los que tenían motivos de sentirse amenazados en su existencia económica por el cristianismo; no tanto, quizá, los miembros de los colegios sacerdotales, que disfrutaban tranquilamente de sus rentas, como los muchos negociantes que vivían del culto pagano y de lo que éste implicaba, y además los adivinos, astrólogos, maestros de escuela y filósofos.


Sin embargo, lo que más debió influir sobre la opinión pública fue la actitud del gobierno. Por lo común, el hombre corriente no está en situación de mantener por mucho tiempo una opinión distinta de la de sus autoridades. Muchos pensarían: no sé lo que serán los cristianos, pero sus razones tendrá el gobierno para proceder una y otra vez con tanto rigor contra ellos.

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