Septimio Severo
En el año 202 Septimio Severo prohibió por medio de un edicto las conversiones al judaísmo y también al cristianismo. Septimio Severo era un gobernante muy capaz y pretendía obrar con justicia. Sus consejeros eran los famosos jurisconsultos Papiniano, Paulo y Ulpiano. Este último recopiló la legislación hasta entonces dictada sobre la cuestión cristiana en un escrito: «Sobre los deberes del procónsul», que por desgracia hemos perdido. Las leyes dictadas sobre este asunto eran, naturalmente, más que las pocas que conocemos. Así, por ejemplo, en las actas de san Apolonio se habla de un senado consulto sobre los cristianos, del que no nos queda ninguna otra noticia. Todas estas disposiciones tenían un punto flaco, que era definir como hecho delictivo la simple circunstancia de ser cristiano. Esto no podía pasar por alto a un jurista tan agudo como Ulpiano. El edicto de 202 seguía siendo tan inicuo como los anteriores, pero al menos ponía las cosas en claro: la recepción del bautismo era definida como un acto delictivo.
Empezó entonces una persecución de los catecúmenos y neófitos acudiéndose a investigaciones policíacas. Sobre la manera cómo éstas se llevaban a cabo,sólo tenemos noticias de Alejandría y Cartago,de forma que ni siquiera estamos seguros de si el edicto se extendía a todo el Imperio. Entre los muchos que en Alejandría sufrieron el martirio, figuraba el padre del gran Orígenes. Su hijo, que contaba entonces dieciséis años, le envió una carta a la prisión, exhortándole a perseverar en su fe, sin dejar que la consideración por sus hijos le tentara a apostatar. De Cartago poseemos la colección de actas sobre el martirio de la noble Vibia Perpetua, de veintidós años, con varios compañeros. Estas actas figuran entre las piezas más impresionantes de toda la literatura cristiana. Su parte principal consiste en un breve diario que Perpetua escribió en la cárcel, después de su bautismo. En él se nos relatan algunas visiones que han inducido a algunos a sospechar que este grupo de mártires pertenecía a la secta extática de los montanistas; ¡como si todos los santos que han tenido visiones hubieran sido montanistas! Perpetua, con su ánimo infantil y su profunda seriedad, encaja muy mal con el carácter de esta secta de exaltados, que por lo demás no habían sido aún excluidos de la comunidad de la Iglesia.
Es digno de nota que a pesar de la ley de Septimio Severo, siguió en vigor la cláusula del rescripto de Trajano. A los neófitos se les continuaba reconociendo la posibilidad de comprar su libertad sacrificando a los dioses.
La persecución de los catecúmenos fue suspendida pronto, sin que podamos saber la causa. Siguióle un tiempo de relativa paz, aunque no faltaron en él algunos martirios aislados. Así es seguro el del papa Calixto en el año 222, a pesar de que no estaba entonces en curso ninguna persecución. Es, empero, posible que tales casos se expliquen como asesinatos tumultuarios. Una persecución en forma no volvió a haberla hasta el año 235, por obra del emperador Maximino el Tracio. Es muy poco lo que de ella sabemos, aunque parece haber apuntado especialmente contra
los clérigos. De sus víctimas sólo conocemos al papa Ponciano y al presbítero romano Hipólito.
Éste en 217 había entrado en conflicto con el papa Calixto y se le había enfrentado como antipapa. El gobierno condenó a los dos, al legítimo sucesor de Calixto y al antipapa Hipólito, a trabajos forzados en las minas de Cerdeña. Como los dos eran de edad avanzada y no tenían esperanzas de regresar con vida, Ponciano depuso su dignidad y ordenó que en Roma se eligiera un nuevo papa. Es evidente que con ello se proponía, además, facilitar a Hipólito la reconciliación con la Iglesia, y en efecto, éste recomendó a sus partidarios cismáticos que reconocieran al nuevo pontífice. Aunque el epigrama del papa Dámaso que nos relata este hecho no fue compuesto hasta más de cien años después, la circunstancia de que desde un principio Hipólito fuera venerado como mártir en la Iglesia romana, demuestra que murió en la comunión católica. Los mártires heréticos o cismáticos, de los que había no pocos, estaban por principio excluidos del culto litúrgico. La abdicación del papa Ponciano es el primer caso de esta índole que registra la historia.
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