La dieta del Dr. Dukan

 

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Significación de las persecuciones

 

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El hecho de las persecuciones no puede emplearse con fines apologéticos, como hacen a veces los predicadores, en el sentido de que la firmeza de los mártires sea por sí sola una prueba suficiente de la verdad de la fe católica, pues casi toda forma de religión o asociación religiosa puede presentar, en el curso de su historia, un cierto número de mártires. Sigue siendo, de todos modos, justificada la pregunta que ya Tertuliano formulaba hacia el año 200: ¿Y es posible que tantos mártires hayan muerto para nada? (De praescr. 29).


La influencia de las persecuciones sobre la vida de la antigua Iglesia fue extraordinaria. En parte, en sentido negativo. Le impidieron tener una difusión más rápida y fueron un obstáculo para que la vida cristiana de comunidad conociera un desarrollo más rico en muchas direcciones. La continua desaparición de personalidades eminentes significaba pérdidas constantes e irreparables, aunque en vano buscaríamos en las obras de los escritores antiguos una palabra de lamentación tras la muerte de hombres tan importantes como Justino, Cipriano o Cornelio, arrebatados por el martirio en pleno ejercicio de sus funciones.


Fue en cambio una ventaja para la Iglesia aprender prácticamente a hacerse independiente del poder del estado. No es que los cristianos se sintieran impelidos a adoptar una actitud de hostilidad hacia el gobierno; ni en las peores persecuciones se encuentra el menor vestigio de tal actitud. Por el contrario, sentían en su propia carne cuán deseable hubiera sido vivir en un estado justo, que protegiera los derechos de sus ciudadanos. Pero en lo sucesivo, cuando los emperadores se hicieron cristianos, la Iglesia hubiera sido oprimida por el cesaropapismo, de no haber aprendido, en las persecuciones, la manera de conservar su independencia y las ventajas de bastarse a sí misma.


Pero más que nada, el ejemplo del heroísmo ha influido sobre la vida religiosa de los cristianos de las épocas posteriores, y podemos decir que hasta hoy. En las persecuciones nació el tipo del santo cristiano. Y esto no sólo desde el punto de vista cultual, pues, de hecho, la veneración litúrgica de los santos procede del culto a los mártires, sino también como ideal. El heroísmo del mártir nada tiene de fanatismo; no es tampoco un matón ni un provocador. Por otra parte, está también muy alejado de una resignación fatalista. Consiste más bien en una perfecta consecuencia, que nada consigue descarriar, en el servicio de Dios.


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