Valeriano
Del emperador Valeriano se dice que, personalmente, estaba bien dispuesto hacia los cristianos. Procedió contra ellos, sin embargo, poco antes de hallar la muerte en la guerra contra los persas sin que podamos decir qué es lo que le movió. Es probable que la persecución fuera obra de los que le rodeaban. En este caso se adoptó un procedimiento mucho más hábil. Por lo visto, el gobierno había sacado partido de la experiencia hecha en el reinado de Decio. Un primer edicto ordenaba la clausura y confiscación de los lugares de reunión y de los cementerios cristianos. Al propio tiempo se disponía el destierro de todos los obispos que pudieran ser habidos. La intención era, evidentemente, deshacer la organización eclesiástica para preparar así el terreno a la acción ulterior. El edicto de persecución propiamente dicho no fue promulgado hasta el año siguiente: era, de nuevo, una ley penal, con precisa delimitación de los distintos delitos y la pena correspondiente a cada uno.
La persecución fue mucho mejor conducida que la de Decio, pero los cristianos estaban mejor preparados que siete años antes. El tono de las últimas cartas de Cipriano es de una extrema gravedad. En agosto de 258 escribe que sus agentes romanos le habían mandado el texto del edicto junto con la noticia de que Sixto de Roma había sido ejecutado el 6 de agosto con cuatro diáconos. El 14 de septiembre su propia cabeza cayó bajo el filo de la espada. El gran obispo de Cartago murió tal como había vivido. En sus declaraciones ante el tribunal, cuyo protocolo conservamos, demostró una vez más su ánimo sereno y superior. Llegado al cadalso, hizo pagar al verdugo veinticinco piezas de oro, como salario.
San Cipriano es una de las más grandes figuras de la antigüedad cristiana. Sus cartas son una inagotable mina para el conocimiento de la vida cristiana en los tiempos de prueba. Era un pastor de almas nato, y además una personalidad delicada y seductora. Erró gravemente en algunas cuestiones, pero incluso en el momento culminante de su polémica con el papa Esteban, fue sólo el amor a la Iglesia y las almas lo que le dictó sus enconadas palabras contra la sede romana, y no el resentimiento personal.
El papa cuyo martirio anuncia Cipriano en su penúltima carta, es Sixto II, que sólo había gobernado durante un año. Junto con él murieron cuatro diáconos, y más tarde fueron condenados aún otros clérigos, entre los cuales es verosímil que figuraran los tres diáconos restantes. Pero no estamos seguros de si uno de ellos fue el famoso mártir san Lorenzo. Lorenzo es una figura histórica, y su martirio está comprobado, pero acaso perteneciera a la persecución siguiente. A la persecución de Valeriano fueron debidos los martirios del obispo Fructuoso de Tarragona, con dos diáconos, del que poseemos un breve protocolo; de los obispos Agapio y Segundo, el diácono Mariano y el lector Jacobo en Lambesa, en África; en Cartago los de un numeroso grupo de clérigos, a la cabeza de los cuales estaban Montano y Lucio. Fue una persecución sistemática del clero, y esta vez no oímos hablar de defecciones, mientras que en la de Decio hubo no pocas incluso entre el clero.
El anciano emperador Valerio cayó prisionero en la guerra contra los persas y desapareció de la escena. Su hijo y hasta entonces corregente Galieno se había pronunciado en contra de la persecución, aunque su nombre figurara también al pie del edicto junto al de su padre. Una vez convertido en soberano único, puso fin a la represión y ordenó la devolución de los bienes confiscados. Conservamos el texto de este decreto de restitución.
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