Extensión del Monacato en oriente
Desde mediados del siglo IV, los católicos de los demás países empezaron a interesarse en medida creciente por el monacato egipcio. En Roma se vieron los primeros monjes en 341, cuando Atanasio, perseguido por los arrianos, acudió a visitar al papa Julio. La impresión mayor fue la producida por la vida de san Antonio, publicada poco después de 360 por Atanasio. San Agustín ha descrito esta impresión con los más vivos términos en sus Confessiones. A fines del siglo IV el interés por la vida ascética llegó a ser una moda. Se escribían libros sobre ella, y muchos peregrinos a Tierra Santa hacían un rodeo por Egipto para ver a los monjes. Los mejores hombres de la época, san Basilio, san Gregorio Nacianceno, san Juan Crisóstomo, san Jerónimo, se prepararon para su carrera con una permanencia de varios años entre los monjes.
Colonias de anacoretas las hubo ya en el país vecino de Egipto, en Palestina, a primeros del siglo IV, y pronto también en Siria y Asia Menor. El modelo era siempre el monacato egipcio, especialmente en la forma que
le habían dado san Antonio y sus discípulos, como colonias de eremitas, que en Palestina eran llamadas «lauras». El tipo pacomiano, rigurosamente organizado, estaba demasiado vinculado a las características locales de Egipto, para poder difundirse en otras partes. El gran legislador para el Asía Menor y, andando el tiempo, para todo el monacato griego, fue el doctor de la Iglesia y campeón de la lucha antiarriana san Basilio, aunque sus detalladas reglas monacales tienen más de manual ascético que de constitución conventual.
Se hizo famosa la laura de san Sabas († 532), que aún hoy existe, en el desolado desierto rocoso que se extiende entre Jerusalén y el mar Muerto. Allí vivió en el siglo VI san Juan Hesicastes (el callado), que había sido obispo, y en el siglo VIII el doctor de la Iglesia, san Juan Damasceno.
Constituían una clase especial las colonias fundadas por san Alejandro a principios del siglo V, llamadas «acoimetas», «desvelados», porque se distribuían en varios coros que se relevaban unos a otros en el canto de los salmos durante todo el día y toda la noche. En Constantinopla el antiguo cónsul Flavio Studio fundó en 463 el convento para acoimetas llamado, por su nombre, Studion, convento que más tarde decayó, hasta que san Teodoro Estudita († 826) lo hizo florecer de nuevo introduciendo la regla de san Basilio. Teodoro Estudita era un teólogo de importancia. Como campeón de la ortodoxia católica y del primado del papa, tuvo que soportar muchas persecuciones.
Muy singulares fueron las flores que dio el monacato en Siria. El historiador eclesiástico Teodoreto, obispo de Ciro en el siglo V, habla en vivos colores de anacoretas que se hacían emparedar en su celda. Por lo demás, este emparedamiento solía ser de orden más bien simbólico y no impedía al anacoreta tomar parte en el servicio divino. El afán, aprendido de los eremitas egipcios, de probar formas de vida cada vez más rigurosas, impulsó a san Simeón a vivir, no encerrado en una celda, sino en el extremo de una alta columna, al aire libre, protegido sólo por un pretil. Nos sentiríamos tentados a declararlo increíble, si la cosa no fuera descrita con todo detalle por Teodoreto y otros testigos oculares, o al menos a tenerlo por locura; pero Simeón el Estilita era un hombre de grandes dotes espirituales, y desde lo alto de su columna predicaba a millares de personas y provocaba multitud de reconciliaciones y conversiones. Después de su muerte en 459 se construyó en torno a su columna una basílica, cuyas poderosas ruinas existen todavía. Simeón tuvo muchos imitadores.
En general puede afirmarse que el monacato en Oriente era más caprichoso que en Occidente, más rudo, en cierto modo incivilizado. Al lado de muchos rasgos de sincera piedad y virtud, la historia cuenta también algunos de crasa ignorancia. Estos monjes, que las más de las veces no obedecían a ninguna autoridad, ni civil ni religiosa, con demasiada frecuencia sucumbían al peligro del cisma o de la herejía. Y a la
inversa, su independencia les hacía a veces más capaces de resistir a la presión de emperadores heréticos que los obispos cortesanos. En la lucha iconoclasta el monacato griego entero hizo frente común contra el emperador y se mantuvo fiel a la fe católica.
El monacato oriental era de carácter nacional, en bueno y en mal sentido. Estaba enraizado en el pueblo y en el suelo. Sobrevivió la separación de la Iglesia, iniciada en los pueblos orientales ya en el siglo V. El acervo de bienes religiosos que la Iglesia separada ha sabido conservar, lo debe en buena parte a sus monjes.
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