La dieta del Dr. Dukan

 

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Arrio

 

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La gran persecución de Diocleciano apartó por algún tiempo la atención de las cuestiones teológicas. Pero poco después de haber terminado aquélla, resurgieron las discusiones sobre el dogma. El obispo Alejandro de Alejandría, sucesor de Pedro, martirizado en 311, llamó a capítulo a su presbítero Arrio, a causa de sus doctrinas.

 

Arrio, que era un hábil dialéctico, había sido discípulo de Luciano de Antioquía. Su tesis era la siguiente: Si el Hijo fue engendrado por el Padre, necesariamente tuvo que haber un tiempo en que el Hijo aún no existía; por consiguiente, no existe desde la eternidad y, por tanto, no es Dios. Arrio contaba con amigos, no sólo entre el clero alejandrino, sino también fuera de Egipto, sobre todo el obispo Eusebio de Nicomedia, que también había estudiado con Luciano de Antioquía.

 

Al obispo de Alejandría el caso le pareció de la suficiente gravedad para que conviniera reunir un sínodo de casi un centenar de obispos egipcios y libios, en el cual Arrio y sus partidarios fueron excomulgados. Como era tradicional, Alejandro envió esta sentencia a todos los obispos de la Iglesia. Esta circular, en la que se censuraba también a Eusebio de Nicomedia, y quizá con más vehemencia de la necesaria, provocó una tremenda sensación. Así el emperador Constantino, que tal vez no acababa de comprender el alcance de las doctrinas en cuestión, pero que se interesaba ante todo por mantener la paz en la Iglesia, decidió convocar una asamblea de todos los obispos en Nicea.



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