La dieta del Dr. Dukan

 

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Los Comienzos de la Teología

 

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Entendemos por teología la ciencia de Dios y de todas las cosas que están en relación con Dios. Se llama teología en sentido estricto, o teología especulativa, a la elucidación racional de las verdades reveladas de la fe, el conocimiento sistemático de su conjunto y relaciones. Ensayos teológicos los encontramos ya en el siglo II. Lo que dio entonces lugar a los primeros intentos de elucidación racional, fue el complejo de problemas que hoy conocemos como la doctrina de la Trinidad y de la encarnación de Cristo. La expresión usada para designar el conjunto de estos problemas era «economía divina».

 

Vemos en Tertuliano (Adv. Prax. 3) que con frecuencia los creyentes sencillos miraban estos primeros ensayos teológicos con una cierta aprensión. Procedentes como eran del politeísmo, estaban gozosos de haber comprendido la doctrina de un Dios único, y ya no querían saber nada más. «Les asusta la palabra economía», dice Tertuliano. Semejante actitud es conocida con el nombre de monarquianismo. El monarquianismo no es un sistema doctrinal, sino que sólo significa el afán de aferrarse en todos los respectos a la verdad de la unidad y unicidad de Dios, aunque sea a expensas de otras verdades reveladas, como la Trinidad y la divinidad de Cristo.


Hacia fines del siglo III existían dos corrientes monarquianas contrapuestas entre sí, la modalista y la dinamista. La modalista suele designarse con el nombre de sabelianismo, por su principal representante, Sabelio. El libio Sabelio, que enseñó en Roma y fue condenado por el papa Calixto (217-222), proponía la siguiente fórmula: Un Dios en tres personas, usando la palabra persona según su sentido clásico de papel en el teatro, de máscara. El mismo Dios, en cuanto actúa como creador y rector del mundo, es llamado Padre; cuando aparece en el papel de redentor encarnado, se le llama Hijo; en su papel de dispensador de gracia, recibe el nombre de Espíritu santo. Esta fórmula tenía la ventaja de que permitía considerar a Cristo como Dios verdadero. Pero al mismo tiempo eliminaba la distinción real entre Padre, Hijo y Espíritu santo. Según ella, Dios se manifestaba de tres distintos modos (de ahí el nombre de modalismo), y por eso era llamado con tres nombres diferentes. Esto equivalía a despreciar el testimonio de la sagrada Escritura, donde está claramente expresada la distinción real, por lo menos, entre Padre e Hijo. Por lo demás, el sabelianismo fue pronto desechado. En Roma fue sobre todo el sabio presbítero Hipólito, quien se impuso la tarea de combatirlo.


La otra dirección del monarquianismo mantiene la distinción real entre el Padre y el Hijo, mas para no poner en peligro la unicidad de Dios, subordina el Hijo al Padre (de ahí el nombre de subordinacionismo). Esta dirección se ramificaba luego en varios sistemas al querer explicar en qué sentido era aún posible llamar Dios a Cristo: si es que Dios habitó en el hombre Cristo o si es que confirió al hombre Cristo fuerzas divinas (dynamis, y de ahí dinamismo). Tales sistemas habían sido ya condenados por el papa Ceferino (hacia 200-217), el predecesor de Calixto, pero a cada momento volvían a levantar cabeza.

 

En la segunda mitad del siglo III el obispo de Antioquía, Pablo de Samosata, fue depuesto por un sínodo por sostener una doctrina semejante. Parece, sin embargo, que aún más tarde se enseñaban en Antioquía doctrinas análogas, sobre todo por el sabio Luciano, quien murió mártir en 312. En las polémicas dogmáticas de aquel tiempo se encuentra ya usada por el papa Dionisio (260-268) la fórmula de la consubstancialidad (consubstantialis, en griego homoousios) del padre con el Hijo, gracias a la cual se encontró más tarde la solución.



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