Los comienzos de la literatura cristiana
En las historias generales de la literatura se ha planteado a veces la cuestión de si cabe hablar, en la antigüedad, de una literatura específicamente cristiana, o de si los grandes escritores cristianos no pertenecen más bien a las literaturas nacionales respectivas. Ahora bien, no cabe duda de que en una historia de la literatura griega, junto a Tucídides, Demóstenes, Platón y Plutarco, no pueden faltar también san Atanasio y san Juan Crisóstomo, del mismo modo que en la latina, al lado de Cicerón y Tito Livio, debe reservarse un puesto a san Jerónimo y san Agustín.
Pero, por otra parte, también está justificado el agrupar a los escritores cristianos de la antigüedad en una sección especial, pues el punto de vista nacional o lingüístico no es el único decisivo en la historia de la literatura universal.
La literatura cristiana empieza con el Nuevo Testamento, un conjunto de obras que, en profundidad de contenido, trascendencia práctica y eficacia secular no tienen su pareja en la literatura de la humanidad entera. En cambio, en las generaciones que siguen a la apostólica, la producción escrita es tan menguada, que en el siglo II apenas puede decirse que exista una literatura cristiana. Cierto es que se han perdido muchas obras, y que lo que hemos conservado, la carta del papa Clemente, las cartas de san Ignacio, los escritos de Justino y de los demás apologetas, es del más alto interés, tanto para la historia como para la teología. Pero no son más que inicios.
Luego, en el umbral del siglo III, tenemos las importantes obras de cuatro autores cristianos: Clemente y su discípulo Orígenes en Alejandría, Ireneo en la Galia, que escribía también en griego, y el latino Tertuliano en África. Clemente y Orígenes introdujeron en la teología cristiana la filosofía griega, el mundo conceptual de Platón.
Este primer ensayo no se hizo sin grandes errores, pero aún fue mayor el estímulo y la influencia ejercida sobre los teólogos que siguieron. De todos modos, Clemente y Orígenes son todavía escritores especialistas. Ninguno de sus escritos ostenta los rasgos que serían capaces de situarlos entre las grandes creaciones de la literatura de la humanidad. Estas cualidades las poseía más bien Tertuliano, con su personalísimo estilo, su ingenio, su realismo y vivacidad; pero sus producciones son casi todas escritos de ocasión; no es más que un publicista, un controversista, le faltan las cualidades constructivas y monumentales. Lo mismo puede decirse, y acaso con mayor razón todavía, de san Cipriano y de su epistolario, tan rico en bellezas de detalle. Luego, tras la muerte de Cipriano, hay que esperar casi una centuria hasta que vuelven a aparecer plumas cristianas de real importancia; la única excepción es la de Eusebio de Cesarea, el historiador de la Iglesia.
Pero pasada la mitad del siglo IV empieza en la Iglesia la gran producción literaria, la primera auténtica floración de la literatura cristiana. Ya por su volumen exterior supera no sólo los inicios, comparativamente modestos, de las letras cristianas en los siglos anteriores, sino incluso la literatura clásica de ambas lenguas, la griega y la latina, al menos atendiendo a las obras que nos han sido conservadas.
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