El Concilio de Nicea
Ocupó la presidencia del concilio el obispo Osio de Córdoba, que residía en la corte imperial. El papa Silvestre había enviado a dos presbíteros romanos como delegados, los cuales subscribieron las actas en primer lugar después del presidente. Fuera de éstos había muy pocos occidentales presentes. Acudieron unos 300 obispos, o sea, a lo sumo una cuarta parte de los existentes, lo cual, empero, no fue obstáculo para que, en lo sucesivo, el sínodo fuera considerado como representación legítima de la Iglesia entera.
El emperador intervino personalmente en las sesiones y supo maniobrar hábilmente cuando las deliberaciones parecían abocadas al fracaso.
El erudito historiador eclesiástico Eusebio, obispo de Cesarea en Palestina, propuso como esquema de la definición de fe el símbolo bautismal de su iglesia. Era una de aquellas fórmulas análogas al antiguo símbolo llamado apostólico, que se usaba entonces en la literatura bautismal. La asamblea aceptó la fórmula, pero en el artículo referente a la procedencia del Hijo respecto del Padre añadió la fórmula usada en Roma «consubstancial al Padre», como clara condenación de la doctrina de Arrio. Eusebio de Cesarea no estaba de acuerdo con tal adición. No porque se inclinara al arrianismo, sino porque prefería dejar la cuestión pendiente y acaso también porque no se daba perfecta cuenta de su trascendencia teológica. De todos modos, se sometió junto con otros al criterio de la mayoría y a los deseos del emperador. También Eusebio de Nicomedia subscribió las actas. Arrio y dos obispos libios que se le mantuvieron fieles fueron excomulgados.
El concilio aprobó además diversos cánones referentes a la disciplina eclesiástica. A los adeptos del cisma de Melecio, que había surgido en Egipto durante la persecución de Diocleciano, se les allanó el camino para volver a la Iglesia, y lo mismo se hizo con los novacianos, que, como los melecianos, no se habían apartado de la doctrina católica. Se decidió que los clérigos que se reincorporaran a la Iglesia, incluso los obispos, conservarían sus dignidades. Para poner fin de una vez a la antigua polémica sobre la fecha de pascua, el concilio pidió al emperador que cuidara de establecer un calendario único por medio de una ley imperial. Constantino pasó el encargo a la Iglesia de Alejandría, que era la mejor provista de astrónomos, confiándole la tarea de fijar anualmente el tiempo pascual.
El concilio de Nicea produjo una profunda impresión en toda la Iglesia. No porque no hubiera habido ya antes grandes concentraciones de obispos, ni porque fuera la primera vez que se condenaba una herejía, pero que fuera el propio emperador quien convocara el sínodo, que pusiera la posta imperial a disposición de los obispos para facilitarles el viaje, que asistiera personalmente a las sesiones, honrara a los padres con toda clase de pruebas de respeto y empeñara su propia persona para conservar la pureza de la fe, todo esto parecía casi increíble a los cristianos, que como quien dice acababan de salir de la más sangrienta de todas las persecuciones. Entre los obispos asistentes al concilio, había muchos que aún ostentaban en su cuerpo las cicatrices de los tormentos.
El giro de los acontecimientos había sido demasiado radical, para que todas sus consecuencias pudieran ser favorables a la Iglesia. Los obispos, sobre todo en Oriente, donde se veían las cosas más de cerca, sintieron desde entonces una devoción sin límites hacia el emperador, concediéndole en todos los asuntos eclesiásticos una confianza que pasaba ya de lo razonable. Sin embargo, Constantino no deseaba regentar la Iglesia; era demasiado alta la opinión que de ella tenía. Lo único que quería era actuar como su bienhechor. Pero en la práctica vino a convertirse en el creador de aquella curiosa situación que se conoce con el nombre de cesaropapismo y que, bajo los sucesores de Constantino, había de inferir a la Iglesia daños apenas inferiores a los provocados por las más duras persecuciones de los emperadores anteriores.
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