La dieta del Dr. Dukan

 

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Constancio

 

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Constantino murió en el año 337, después de recibir el bautismo en su lecho de muerte de manos de Eusebio de Nicomedia. Su hijo y sucesor Constancio era un tipo completamente distinto. No tenía el encanto personal de su padre, aunque tampoco su vanidad, no quería ser el bienhechor de la Iglesia, sino dominarla; no salvaguardar la paz, sino imponer convicciones, y éstas habían de ser justamente las suyas, o sea, las arrianas. Como su padre, no recibió el bautismo hasta poco antes de morir. El arrianismo era para él más importante que el cristianismo. Al principio tenía que proceder todavía con cautela, por consideración a su hermano Constante, que gobernaba el Occidente y era niceno estricto; pero después de la muerte de Constante, se mostró cada vez más severo contra los católicos.


De los obispos, pocos eran los realmente arrianos. En el fondo de su corazón lo que la mayoría habría preferido era reconocer simplemente la fe de Nicea, pero no querían ir en contra de los deseos del emperador y celebraban sínodo tras sínodo; no paraban de ingeniar nuevas fórmulas, en las que casi siempre se hablaba de Cristo como hijo de Dios en los más fervorosos tonos, pero evitando cuidadosamente el empleo de la palabra decisiva, homoousios. Antes del concilio de Nicea, la mayoría de estas fórmulas hubieran podido ser entendidas en sentido católico, pero después que la Iglesia hubo tomado una decisión, todo soslayamiento consciente de la fórmula definida tenía, por lo menos, algo de sospechoso. El emperador no ahorró coacciones para obligar a los nicenos recalcitrantes a subscribir una u otra de estas fórmulas propuestas como neutrales. El papa Liberio fue forzado a venir de Roma, se le aisló de todos sus consejeros —recurso del que más tarde había de servirse también Napoleón para coaccionar a Pío VII— y se le sometió a toda clase de vejámenes hasta que consintió en dar su firma.

 

Esta debilidad le valió los reproches de Atanasio e Hilario, y más tarde de Jerónimo. Hasta qué punto estaban justificadas tales censuras, no podemos saberlo, puesto que no conocemos el documento firmado por Liberio. Quizás era sólo la declaración de que reconocía la deposición de Atanasio.


Atanasio de Alejandría fue, durante todo este tiempo, la columna de la ortodoxia nicena. En total tuvo que salir cinco veces para el destierro. El verdadero tema de discusión era, a menudo, más la persona de Atanasio que la teología trinitaria. No le andaban a la zaga, ni en firmeza ni en los vejámenes sufridos, los obispos de occidente Hilario de Poitiers, el teólogo más agudo de la época, y Eusebio de Vercelli.


Es frecuente que se describa la situación de la Iglesia diciendo que a mediados del siglo IV había en ella tres partidos: los arrianos propiamente dichos, los nicenos estrictos y, entre los dos bandos, formando el partido numeroso, los indecisos, que muchos se complacen en llamar semiarrianos. Esta exposición no es del todo acertada. Los arrianos propiamente dichos no formaban un partido, sino una secta; todo el mundo los consideraba como separados de la Iglesia, y su número era muy exiguo. El supuesto partido moderado no era en absoluto un partido que persiguiera un fin claramente definido. Lo único que tenían en común era el deseo de no ser arrianos, y se les hace una injusticia al llamarlos semiarrianos. Si esquivaban el término homoousios, lo hacían generalmente en bien de la paz.


A este grupo pertenece, entre otros, el eminente pastor de almas Cirilo, obispo de Jerusalén, que hoy es venerado oficialmente por la Iglesia como un santo doctor. En lugar del discutido homoousios, muchos hacían uso de la palabra hómoios: el Hijo es semejante al Padre. Eso era ya un reto a los arrianos, a los que por esta razón se llamaba «anomeos», desemejantes, y podía entenderse en sentido niceno, sobre todo cuando se le añadía «semejante en todo», una fórmula difundida por el obispo Basilio de Ancira.

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