La dieta del Dr. Dukan

 

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Constantino

 

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No puede negarse, empero, que la personalidad de Constantino hizo una profunda impresión sobre sus contemporáneos, tanto gentiles como cristianos. Los elogios que tan generosamente le prodigan Eusebio y otros autores acaso sean exagerados, pero nadie irá a dudar de que su admiración fuera sincera. Constantino era un político de gran estilo. Verdad es que Diocleciano le había preparado el terreno con sus reformas administrativas. Pero la constitución de Diocleciano, con su multiplicidad de Césares, debía fatalmente acabar con la disolución del Imperio. Constantino supo conservar su unidad. Se puede decir que a partir de Constantino fueron los emperadores romanos auténticos monarcas, reyes, mientras que hasta entonces eran sólo dictadores, y aun a menudo dictadores militares. Los emperadores bizantinos, así como Carlomagno y los soberanos alemanes, fueron los sucesores de Constantino, no de César, Augusto y Trajano. La fundación de la nueva capital del Imperio, Constantinopla, fue, como hoy se dice, un acontecimiento geopolítico de primer orden.


En general, Constantino no halla buena acogida entre los actuales historiadores. Se tiene a veces la impresión de que, si pudieran, le negarían de buen grado toda grandeza histórica; y como no pueden, se contentan con poner de relieve su crueldad. Es cierto que Constantino hizo ajusticiar a muchos de sus adversarios políticos, entre ellos a su cuñado Licinio y a su propio hijo Crispo, aunque mucho le faltó para que derramara tanta sangre como aquel Augusto que todos ensalzan como modelo de humanidad. Lo que sobre todo se intenta desacreditar, es su actitud religiosa.


La verdad es que no es fácil dar un juicio certero sobre las convicciones religiosas de Constantino. Al iniciar su reinado es seguro que no era cristiano. El bautismo no se decidió a recibirlo hasta encontrarse en su lecho de muerte. Pero no es menos seguro que su adhesión a la Iglesia y a los obispos era totalmente sincera, y que los beneficios que dispensaba a la Iglesia le salían del corazón. Los cálculos políticos desempeñaron en ello, a lo sumo, un papel secundario. En su tiempo los cristianos seguían siendo una minoría en el Imperio. El concepto de un partido político sobre el cual se apoya el gobierno, es totalmente desconocido de la antigüedad, y en todo caso los cristianos no constituían ningún partido de esta índole. Sin duda alguna que la posición de un soberano sólo puede ganar en fortaleza, si se decide a tratar con justicia a una parte considerable de sus súbditos que hasta entonces habían sido víctimas de los peores agravios. Pero el deseo de gobernar con justicia no puede calificarse de cálculo político.


Hasta qué punto Constantino creyó en la verdad de la fe cristiana, es difícil decirlo. Lo que sí podemos asegurar es que cuando se aprestaba para la lucha decisiva con Majencio, estaba convencido de haber tenido una visión o una revelación. Los relatos que los contemporáneos hacen de este suceso no coinciden en los pormenores de tiempo, lugar y manera, y como en último término todos debían basarse en el testimonio de Constantino, se tiene la impresión de que con el tiempo fue cambiando la versión dada por el emperador.


En la historia de la Iglesia, el nombre de Constantino está indisolublemente vinculado al concilio de Nicea, la primera asamblea ecuménica de la Iglesia, convocada por el propio emperador, más todavía, en cuyo éxito coadyuvó éste en forma destacadísima. La ocasión que dio pie al concilio fue el arrianismo, la primera de las tres grandes herejías que en la antigüedad perturbaron la paz de la Iglesia.

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