La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

De Nicea a Constantinopla (325-380)

 

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Muchos obispos salieron descontentos del concilio de Nicea, como Eusebio de Cesarea. Casi todos estaban contra Arrio y su negación de la divinidad de Cristo, pero a muchos les disgustaba la expresión homoousios = consubstancial, y temían que pudiera ser interpretada en sentido sabeliano. Además, el concepto del magisterio de la Iglesia no estaba aún claro en las mentes de todos; y eran muchos los que no acababan de darse cuenta de que una vez tomada por la Iglesia una decisión en materia doctrinal, ésta debía valer como totalmente definitiva e inalterable.


Verdad es que, mientras vivió Constantino, nadie osó levantarse contra el concilio de Nicea y su definición. En lugar de esto empezaron en seguida a urdirse intrigas contra los obispos que más a pechos tomaban la propagación del credo niceno y la doctrina del homoousios. El instigador de todas estas intrigas era Eusebio de Nicomedia, quien había caído en desgracia con Constantino a causa de su dudosa actitud en Nicea; consiguió empero su rehabilitación gracias al favor de la hermana del emperador y al final vio incluso realizada su gran ambición de ser nombrado obispo de la capital del Imperio, Constantinopla.


Eusebio de Nicomedia es el primer ejemplo de esa desagradable clase de teólogos y prelados cortesanos, dúctiles y aduladores que en lo sucesivo apenas faltaron nunca allí donde hubo soberanos que ambicionaban influir sobre los destinos de la Iglesia.


En Oriente, los más activos defensores del homoousios eran los obispos de las dos Iglesias más importantes, Eustacio de Antioquía y Atanasio de Alejandría, quien poco después del concilio había sucedido al obispo Alejandro. Se consiguió deponer a ambos, a Eustacio en un sínodo reunido en Antioquía en 330, a Atanasio en uno de Tiro en 335, y persuadieron al emperador a que los desterrara. Se obtuvo incluso que el emperador perdonara a Arrio. Pero Arrio murió repentinamente antes de que pudiera ser readmitido en la Iglesia, y los católicos, que contemplaban todo este juego de intrigas con creciente repugnancia, vieron en ello la mano de Dios.

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