La dieta del Dr. Dukan

 

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Origen de las órdenes religiosas

 

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Hace unos años se publicó un libro acerca de las fundaciones protestantes de tipo conventual. Un recensor, también protestante, escribió, con esta ocasión, melancólica observación de que no hay que engañarse: «Doquiera que aparezcan inicios serios de vida monacal, el camino conduce indefectiblemente hacia Roma».

 

Naturalmente que no hay que entender esto como un postulado. La idea de apartarse lo más posible del mundo para entregarse al servicio de Dios, se encuentra también en religiones que nada tienen que ver con la Iglesia católica, como el budismo, en los lamas del Tíbet. Pero aquel pensamiento es acertado, por cuanto la vida en una orden, tal como de hecho se ha desarrollado en la Iglesia, está indisolublemente unida con la esencia de ésta y constituye por así decir el corazón de la vida religiosa en la Iglesia. Ésta ha cultivado siempre con especial amor la vida religiosa, no por su utilidad para la cultura y la sociedad, sino porque ve en ella el más perfecto cumplimiento de su misión pastoral.


En la historia eclesiástica, tanto en la general como en la de los países particulares, la vida religiosa constituye un patrón infalible para medir el nivel espiritual del pueblo. Donde florecen los claustros, florece la vida espiritual y a la inversa, donde decaen aquéllos, se marchita ésta. Bien lo han sentido todos los que combaten a la Iglesia como institución. En todas las herejías modernas y en todos los movimientos antieclesiásticos, un punto esencial del programa ha sido la guerra a los conventos. Y dentro de la Iglesia misma, las corrientes hostiles a la vida claustral han conducido siempre a callejones sin salida, cuando no a la apostasía.

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