San Atanasio
Los Capadocios
La época de los grandes padres de la Iglesia empieza con san Atanasio, obispo de Alejandría desde 328 hasta su muerte en 373. En cuanto a su forma, sus obras son escritos de ocasión, dirigidos a defender la doctrina del concilio de Nicea y a atacar a los arrianos; mas por encima de los temas que les sirvieron de pretexto, son aún hoy valiosos como libros de consulta teológicos. Su biografía de san Antonio el eremita, no sólo recorrió triunfalmente todo el mundo antiguo, sino que despertó, como ninguna otra obra, el interés y el entusiasmo por la vida monástica.
Al fallecer san Atanasio en el año 373, asumió la dirección espiritual de los católicos en Oriente el capadocio san Basilio, desde 370 obispo de Cesarea en el Ponto, llamado ya por sus contemporáneos «el Grande». Procedía Basilio de una muy rica familia, cristiana desde varias generaciones atrás, que había pasado muchas penalidades durante la persecución de Diocleciano. Estudió en las escuelas de Cesarea en Palestina, Constantinopla y Atenas, para prepararse para la carrera administrativa. Pero una vez de regreso en su casa, por influencia de su piadosa hermana mayor Macrina, se dedicó por completo al servicio de Dios, se hizo monje y poco después fue obispo. En tal condición le tocó todavía resistir la violenta embestida de los arrianos, y murió frisando los cincuenta años, en 379, inmediatamente antes de la victoria definitiva sobre el arrianismo. Su muerte fue profundamente sentida por la Iglesia entera.
En sus grandes escritos dogmáticos, Basilio, junto con su amigo Gregorio Nacianceno, ha fijado en sus grandes rasgos la especulación católica sobre la Trinidad, por medio de una lúcida definición de conceptos. Su epistolario es, para el conocimiento del siglo IV, de importancia no inferior a la del epistolario de san Cipriano para el conocimiento del siglo III. Y es cierto, además, que Basilio presenta una gran semejanza con Cipriano, aun siendo muy superior a él como teólogo especulativo. Hallamos en él el mismo sentido práctico, la misma preocupación por la unidad de la Iglesia, la misma caridad activa y elevada. Basilio es, como Cipriano, un pastor de almas de cuerpo entero. Y coincide también con él en la circunstancia de que su desvelo por la Iglesia y las almas le arrancó algún suspiro ante la actitud de la Sede Romana. Por su regla monacal, Basilio fue el legislador del monacato griego, y su influencia se extendió también por Occidente.
Hermano menor de Basilio y Macrina fue san Gregorio, obispo de Nisa en Capadocia. Superior todavía a su hermano en dotes especulativas, es en el fondo más filósofo que teólogo, y su orientación platónica le hace a veces alejarse de las realidades de la revelación cristiana. Muy atrayente es la biografía que escribió de su hermana Macrina, librito lleno de espíritu familiar cristiano e impregnado de sentimientos auténticamente humanos, cosa que no se esperaría en esos santos griegos, tan aficionados a darse en lo exterior aire de estoicos.
El tercer gran capadocio es san Gregorio Nacianceno, al que los griegos llaman, simplemente, «el teólogo». Hijo de un obispo, estudió en Atenas con Basilio, gozando de un gran prestigio entre sus compañeros. En
la misma escuela estudiaba entonces el futuro emperador Juliano, cuya nerviosa inquietud lo hacía antipático a Gregorio. Basilio consagró a su amigo como obispo de la pequeña ciudad de Sásima, pero en 379 fue llamado a Constantinopla, donde todas las iglesias se encontraban aún en manos de los arrianos.
Gregorio consiguió en poco tiempo que la situación se invirtiera en favor de los católicos, y el emperador Teodosio le entregó la catedral. Como obispo de la capital del Imperio presidió durante un breve tiempo el concilio de 380-81. Pero como viera que sus esfuerzos en pro de la eliminación del cisma antioqueno no conducían a nada, herido en lo más hondo, depuso su cargo episcopal y se retiró a su pequeña diócesis de Nacianzo, para acabar alejándose totalmente de la vida pública. Durante toda su vida san Gregorio fue más poeta y asceta que pastor de almas. De frágil salud y finísima sensibilidad, era uno de esos hombres que jamás pueden sentirse contentos en esta tierra. Pero era un orador elocuentísimo. El excepcional lugar que ocupa dentro de la teología católica, lo debe a sus numerosos sermones de carácter dogmático y panegírico.
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