La dieta del Dr. Dukan

 

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San Jerónimo

 

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San Jerónimo fue un hombre de personalísimo carácter y además un auténtico erudito. Era oriundo de Estridón, en Dalmacia, un lugar que sólo por él conocemos, estudió en Roma, fue bautizado por el papa Liberio y pasó luego al Oriente, donde vivió durante un tiempo entre los monjes y aprendió la lengua hebrea. También hablaba y escribía el griego con gran fluidez. El obispo Paulino de Antioquía le consagró presbítero, pero las turbulencias de la Iglesia antioquena le retrayeron de establecerse en aquella ciudad. Se trasladó a Constantinopla, para oir a Gregorio Nacianceno, y estableció también amistad con Gregorio de Nisa. En el año 382 el papa Dámaso, con el que ya había sostenido correspondencia, le llamó a Roma y le confió el encargo de redactar un nuevo texto latino de la sagrada Escritura, para suplir a las, numerosas y deficientes traducciones que corrían por Occidente. San Jerónimo trabajó en esta empresa hasta el fin de sus días.

 

Su traducción es un verdadero logro científico, pero al principio gozó de muy poca aceptación entre los obispos. Hasta el siglo VII no empezó a imponerse por doquier y recibió el nombre de Vulgata, la divulgada. La Iglesia usa esta traducción en la liturgia romana y en la enseñanza de la teología, aunque los medios científicos actuales permiten subsanar de vez en cuando algunas incorrecciones. Por su sentido crítico san Jerónimo se eleva muy por encima de su tiempo. Muchas de sus observaciones críticas tienen un aire completamente moderno. Su conocimiento de las lenguas y de la tierra de Palestina le permitió introducir valiosas noticias en sus comentarios. También le debemos muchos datos sobre la primitiva historia de la Iglesia, sobre todo en materia literaria.


Mientras en Roma se entregaba san Jerónimo a sus trabajos científicos, al tiempo que asistía al papa Dámaso con la dirección de la correspondencia de la Sede Romana, que era entonces muy extensa, se formó a su alrededor un círculo de damas piadosas a las que él supo inflamar con el ideal del monacato. Sin embargo, también se creó encarnizados enemigos entre el clero romano, a lo cual contribuyó no poco su desconsiderado carácter. En vista de que no fue elegido papa, a la muerte de su protector Dámaso, abandonó Roma y se retiró a Belén, donde pasó como monje el resto de su vida, incesantemente ocupado en sus trabajos de erudición, que poco a poco le valieron el ser venerado por toda la cristiandad como un oráculo científico. Hay que reconocer que su apasionamiento en las polémicas literarias le causó mucho daño. Aparece en él una curiosa yuxtaposición de puntillosa vanidad de erudito con un humilde ascetismo y una profunda piedad.


San Jerónimo mantuvo una activa correspondencia con sus ascéticos amigos y amigas. Estas cartas, que hasta nuestros días han seguido siendo una de las obras patrísticas más leídas, han ejercido una gran influencia sobre la ascética católica.

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