San Juan Crisóstomo
La patrística griega culmina en san Juan Crisóstomo, el segundo sucesor de san Gregorio Nacianceno en la sede episcopal de Constantinopla. Era antioqueno de nacimiento, y desde 381 actuó en su ciudad natal como presbítero y predicador, hasta que en 397 muy contra su voluntad fue llamado para recibir la dignidad de obispo en la capital del Imperio, donde su independencia de espíritu no tardó en hacerle chocar con la corte.
Algunos obispos adictos a la corte, entre ellos san Epifanio de Chipre, que era también un destacado teólogo, consiguieron en 404 que Crisóstomo fuera depuesto y expulsado. Crisóstomo apeló al papa Inocencio I, y no tardó en ser repuesto por presión de la población, que sentía por él un gran entusiasmo; pero luego sufrió un segundo destierro y en el exilio fue atormentado hasta la muerte. Su importancia teológica y literaria se basa en sus sermones, en número de más de trescientos, que no sólo constituyen un valiosísimo comentario exegético a la sagrada Escritura, sino que también rebosan de pensamientos dogmáticos y morales, y de vivaces pormenores sacados de la vida cristiana.
Su fervor se enciende en especial al tratar de la eucaristía, la dignidad del sacerdote, la educación de los niños. Crisóstomo era no sólo uno de los más grandes oradores de la antigüedad, sino también un pastor de almas de penetrante mirada.
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