Significación de la lucha contra el arrianismo
Es frecuente que modernos historiadores profanos describan las «polémicas» doctrinales del siglo IV dando a entender que su significación interna era nula, y a su propósito dejan caer palabras despectivas, como «cuestiones bizantinas» y «disputas de clérigos». Sólo puede hablar así el que no tenga la menor noción de lo que es el cristianismo. Empieza por no ser del todo correcto llamar al conjunto una polémica. Era, en realidad, una lucha defensiva, en la que la Iglesia se defendía de una herejía, y muy peligrosa por cierto. El arrianismo, cuya doctrina fundamental era la negación de la divinidad de Cristo, hacía de la religión cristiana, en el mejor de los casos, un monoteísmo filosófico, del que quedaban excluidas, o sólo eran admitidas en forma desfigurada, las verdades reveladas de la encarnación, la redención, la gracia y los sacramentos.
En realidad, la lucha no versaba sobre palabras, como homoousios y homoios, «consubstancial», «semejante o desemejante en esencia». Lo que estaba en juego eran los dogmas fundamentales del cristianismo, ocultos detrás de aquellos términos. Tal es la naturaleza de nuestra religión, que un sólo error en un dogma fundamental echa por los suelos no solamente el sistema doctrinal, sino también el tipo cristiano de vida.
No hay que pensar, por otra parte, que la vida cristiana en el siglo IV se viera efectivamente conmovida hasta sus últimos cimientos. Había un gran peligro de que tal cosa ocurriera, pero se consiguió conjurarlo. El pueblo católico apenas fue afectado por las» herejías, a pesar de que algunos, e incluso muchos obispos, suscribieran fórmulas de fe de índole dudosa, diremos más, aunque los hubo que interiormente estaban por la herejía. San Hilario describe esta situación ingeniosamente y no sin un cierto humor: Ni siquiera los obispos más arrianos se atreven a negar ante
el pueblo la divinidad de Cristo. Usan la palabra «Dios» en un sentido figurado, pero el pueblo la entiende en su sentido propio.
Hablan de Cristo como Hijo de Dios, en el mismo sentido en que se dice que todos los cristianos se convierten en hijos de Dios por el bautismo, pero el pueblo entiende una verdadera filiación. Dicen que el hijo de Dios existía antes que todo tiempo, y quieren decir que fue creado antes que todas las demás criaturas, mas el pueblo entiende que existe desde la eternidad. «Así los oídos de los fieles son más santos que los corazones de los obispos» (Contra Auxentium, c. 6).
Es verdad que, a la larga, la herejía hubiera acabado penetrando las mentes de todos. Los obispos más clarividentes se preocupaban sobre todo de que en la liturgia no se escurrieran fórmulas de rezo susceptibles de ser interpretadas en sentido arriano, y cuidaron de eliminar las fórmulas tradicionales que se prestaban a ser entendidas como favorables a la herejía. La antigua doxología: «Gloria al Padre por el Hijo en el Espíritu santo» había sido considerada antes como perfectamente inocua; pero como los arrianos veían en ella una subordinación de la segunda y tercera personas divinas a la primera, san Atanasio, san Basilio y otros se esforzaron para que fuera substituida por la fórmula completamente inequívoca «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu santo».
Así pues, se llegó a tiempo de atajar este peligroso error, derrotándolo en toda la línea, antes de que tuviera ocasión de echar profundas raíces. Pero la Iglesia sacó gran provecho de estas luchas defensivas, fenómeno que en lo sucesivo pudo observarse también a menudo. En la lucha contra la herejía se había formado una generación de teólogos, cuya acción muy pronto rebasó con mucho el tema que había dado origen al conflicto. Al desaparecer el arrianismo empieza en la Iglesia un período de riquísima vida intelectual, período que aunque sólo duró unos decenios, dio frutos de los que vivimos aún hoy: la época de los grandes padres de la Iglesia.
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